Por Mario Sabato, publicado en facebook
El 11 de septiembre los medios nos recuerdan el trágico atentado que abatió las Torres Gemelas de Wall Street.
Pero suelen olvidarse de otro 11 de septiembre, que nos fue aún más fatídico
Un poco más lejano en el tiempo, pero mucho más cercano para nosotros.
Más doloroso, mucho más brutal, y nefasto para todos los países que estamos en el patio trasero de los Estados Unidos.
El 11 de septiembre de 1973, un sangriento golpe militar, encabezado por un oscuro general, derrocó al gobierno constitucional de la hermana República de Chile.
Con la muerte heroica de Salvador Allende, que combatió, hasta el final, el ataque de los subversivos, se hirió, y por muchos años, la esperanza de lograr, con la democracia, un mundo más justo y solidario.
Ese nefasto 11 de septiembre de 1973 comenzó la Operación Cóndor, que impuso las dictaduras en este costado del mundo, con los asesinatos de millares de personas.
El golpe militar en Chile, que inauguró los que luego sucedieron en los países vecinos, entre ellos el nuestro, no fue un acto espontáneo.
Detrás de Pinochet, como luego sucedió con Videla, estuvo la CIA, y el pensamiento siniestro de muchos ideólogos de la violencia terrorista.
Más elegantes que Bin Laden, claro.
Clarín y La Nación todavía publican, como si se tratara de un personaje respetable, columnas de Henry Kissinger.
Fue tristemente célebre la frase con la que este canalla se justificó: “Pinochet será un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”.
Me permito una referencia personal, que puede ser vanidosa pero que estimo ilustrativa, sobre la miseria cultural que nos impulsa a los olvidos.
En el gobierno de Raúl Alfonsín asumí, en 1985, la dirección del canal 7.
Después de dos años de democracia, me negué a que se siguieran emitiendo las repeticiones de una serie que había tenido éxito de público.
La serie era “Yo soy espía”. Uno de sus dos superhéroes, para demostrar la tolerancia racial políticamente correcta de sus productores, era Bill Cosby. Un afroamericano, como hay que decir, para no quedar mal.
El que quedó mal, y no hace mucho, fue él. Pero por otras perversiones, no las políticas que se festejaban en su personaje.
El, y su compañero caucásico, representaban a dos exitosos agentes de la CIA. Que eran astutos y eficaces, para lograr el derrocamiento de gobiernos de países periféricos.
Lo curioso, tristemente curioso, es que muchos no entendieron mi decisión. Y no fueron pocos los que acusaron de ser un censor, por negarme a que se siguiera pagando para emitir semejante canallada.
Tal vez creían que, para olvidarse, era suficiente que hubieran pasado unos años desde que émulos de aquellos personajes siniestros tuviesen una participación tan exitosa en los golpes militares que nos destrozaron.
Fueron dos los 11 de septiembre signados por la tragedia.
Si me permiten, yo recuerdo, con mayor dolor, el que nos fue más cercano.
Tengo mis razones.
Simbólicamente, y los símbolos son esenciales para entender la historia, el 11 de septiembre de 1973 comenzó la pesadilla más siniestra y más larga que sufrimos en nuestros países.
Lo recuerdo, y trato de que se recuerde, porque el olvido permite que la tragedia se repita.
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