Por: Orlando Linares López

En medio del creciente bombardeo informativo que genera el mundial de futbol, la Cámara Nacional de Comercio, Servicios y Turismo de la Ciudad de México (Canaco CDMX) indicó que ocho de cada 10 artesanías que se venden en el país, son imitaciones hechas en China.

Según el organismo, empresas chinas usan inteligencia artificial para copiar diseños de productos artesanales, los fabrican en serie con materiales sintéticos y los mandan a bodegas clandestinas donde son reetiquetados como «Hecho en México».

En México la producción artesanal representa el 20% del Producto Interno Bruto cultural, por tanto, la falsificación a gran escala daña gravemente a la economía nacional y, sobre todo, el sustento de vida de miles de personas que en cada artesanía impregnan historias de vida, herencia ancestral, creatividad y un orgullo que ha trascendido por siglos.

Así, por cada pieza falsificada, una familia artesana ve mermada su economía. Por cada copia hecha en China, muere un pedazo de identidad milenaria.

Para un artesano mexicano, elaborar una pieza puede representar días o semanas de trabajo. Los casos son incontables: detrás de cada bordado hay paciencia; detrás de cada figura de barro hay conocimiento transmitido de generación en generación.

En cambio, fábricas asiáticas producen miles de copias en cuestión de horas, reducen costos y saturan el mercado. La consecuencia inmediata es dolorosa: los compradores suelen optar por lo más barato, sacrificando autenticidad y calidad.

En muchos tianguis, puntos turísticos, tiendas de souvenirs y hasta en plataformas digitales es, cada vez más, común encontrar “artesanías mexicanas” fabricadas al otro lado del mundo.

Desde sombreros, alebrijes, bordados, muñecas tradicionales, cerámica, sarapes y textiles indígenas son reproducidos masivamente con materiales de baja calidad y ofertadas como auténticamente mexicanas, a precios imposibles de competir para los artesanos nacionales. Un engaño a los consumidores y el quiebre económico de miles de familias.

En algo que parece imparable, la piratería China arrebata espacios a artesanos mexicanos con la producción de artículos que eran propios de la cultura y manufactura de nuestro país. Y el efecto llega a lo más profundo del nacionalismo: en septiembre, abundan banderas muy económicas para el festejo patrio; para el día de muertos el papel picado y la flor de cempasúchil y en diciembre hasta las réplicas de la Virgen de Guadalupe, por mencionar algunos, son de origen chino.

Esto ha provocado el desplazamiento de productores mexicanos en sus propios estados de origen y con gran tradición artesanal; donde las familias pierden ventas porque sus productos originales no pueden competir contra las imitaciones de bajo precio.

Las afectaciones van mucho más allá de lo económico. El principal riesgo es la pérdida cultural. Si se dejan de producir artesanías, porque ya no son rentables, también desaparecen técnicas ancestrales, símbolos tradicionales y formas de entender el mundo, porque una artesanía no solo es decoración sino de expresiones vivas de identidad, un producto que conlleva significados espirituales, históricos y comunitarios que no pueden reproducirse en una línea industrial.

La piratería también genera desánimo entre las nuevas generaciones. Muchos hijos de artesanos prefieren abandonar el oficio porque observan que el esfuerzo no garantiza ingresos dignos; algunos buscan empleos distintos, dejando atrás conocimientos que podrían extinguirse.

La apropiación cultural es otro riesgo ya que empresas extranjeras utilizan diseños indígenas mexicanos sin autorización ni reconocimiento para obtener ganancias millonarias. Esto convierte la cultura en mercancía y despoja a los pueblos de su patrimonio colectivo.

Frente a esta problemática, especialistas y organizaciones culturales han insistido en la necesidad de fortalecer leyes de protección artesanal, impulsar denominaciones de origen, promover el consumo local y educar a los compradores para distinguir productos auténticos. Comprar directamente a los artesanos no solo significa adquirir un objeto, significa ayudar a conservar una parte fundamental de la identidad mexicana.

Mientras estemos dispuestos a valorar el trabajo artesanal, todavía habrá esperanza de que los colores, las técnicas y las historias de México sigan latiendo en el corazón de cada artesano y en la memoria de sus pueblos; sobre todo, en cada pieza que surja de la creatividad y de las manos de quienes resisten la competencia desleal.

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