Por Julio de Jesús Ramos García
En un momento marcado por las tensiones geopolíticas globales y la revisión inminente del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC), la relación económica entre México y Canadá ha dado un paso más allá de las cifras frías del comercio: se ha convertido en una jugada estratégica para enfrentar desafíos estructurales y buscar oportunidades conjuntas.
Recientemente, una delegación canadiense compuesta por más de 240 empresas y más de 370 empresarios se reunió con autoridades mexicanas en distintas ciudades del país para explorar inversiones, consolidar alianzas y dar forma a un plan de acción que abarque sectores clave: desde infraestructura y energía hasta tecnologías limpias, manufactura avanzada, agricultura y comunicaciones.
Este movimiento no es espontáneo ni aislado. Canadá y México han construido una relación económica de largo aliento: desde la entrada en vigor del TLCAN en 1994, el intercambio comercial se multiplicó por doce veces, y México se posicionó como uno de los principales socios comerciales de Canadá. En 2024, el comercio bilateral superó 56 mil millones de dólares, y la inversión directa canadiense en México ascendió a más de 46 mil millones de dólares.
Pero más allá de los números apreciables lectores, lo que está en juego es la convertibilidad del T-MEC en una plataforma de desarrollo económico real y compartido, no solo un tratado comercial que impulse el intercambio de bienes. El nuevo Plan de Acción México-Canadá 2025–2028, presentado por ambos gobiernos, recoge justamente esa ambición: articular prosperidad económica, movilidad y bienestar social, seguridad, y sostenibilidad ambiental dentro de una relación bilateral reforzada.
En otras palabras, Canadá no solo busca exportar más su mercado agroindustrial ya crece con fuerza o diversificar su matriz productiva, sino también anclar inversiones en México que fortalezcan las cadenas regionales de valor en sectores estratégicos, desde minerales críticos hasta infraestructura portuaria e industrial. Esto implica que los proyectos canadienses no son únicamente financieros, sino integrados a una visión conjunta de desarrollo económico.
Esta apuesta se contextualiza con la próxima revisión del T-MEC (programada para 2026), que plantea riesgos, pero también oportunidades para profundizar la integración regional. Mientras algunos observadores alertan sobre posibles tensiones como las que han emergido en torno a sectores sensibles como la energía o las reglas de origen automotrices, la iniciativa bilateral con Canadá sugiere que hay actores dispuestos a reforzar la confianza y a construir certidumbre para la inversión, incluso cuando otros factores generan incertidumbre internacional.
Desde la perspectiva mexicana, atraer inversión canadiense también responde a necesidades propias: la diversificación de mercados, la inserción más profunda en cadenas globales, la transferencia tecnológica y el impulso a sectores que requieren capital y experiencia extranjera para crecer. La complementariedad agrícola, manufacturera, energética y tecnológica es clara y, bien canalizada, puede significar no solo crecimiento para ambos países, sino la consolidación de Norteamérica como una región competitiva en el escenario global.
En definitiva, el plan de inversión canadiense en México no radica solo en cifras, sino en una estrategia geoeconómica más amplia: una alianza que busca fortalecer capacidades productivas, mitigar riesgos globales compartidos y cimentar un futuro conjunto bajo el paraguas del T-MEC. Si esta visión se traduce en hechos concretos no en promesas, la relación bilateral podría consolidarse como un referente sólido de cooperación regional en tiempos de incertidumbre internacional.
Facebook Comments