Por: Orlando Linares López
El pasado 15 de julio, miles de planteles escolares del país concluyeron el ciclo escolar 2025-2026. Entre felicitaciones, mensajes emotivos, abrazos, reconocimientos, diplomas y nuevas metas, la mayoría de los niños comenzaron las añoradas vacaciones.
Bajo ese ambiente de festejo por el deber cumplido, para millones de familias mexicanas se activó una alarma silenciosa en respuesta a las interrogantes de: “¿quién va a cuidar a los niños?” “¿Con quién se queda mi hijo (a) mientras trabajo?”
Según cifras que la Secretaría de Educación Pública (SEP), durante el recién concluido ciclo escolar, el sistema educativo nacional atendió a 3.8 millones de niñas y niños en preescolar y a 12.5 millones en primaria.
En suma, más de 16 millones de menores que para su buen desarrollo requieren de la supervisión y acompañamiento de un adulto y que, al acudir a la escuela, contaban con un lugar seguro, actividades y un horario fijo, al menos en la jornada diaria de clases.
Valdría entonces detenerse y destacar que la escuela, además de formar conocimientos, desarrollar habilidades, fortalecer la convivencia, también alimenta, vigila, cuida y sus planteles son una de las principales piezas de la infraestructura de cuidados para los niños de México.
Con el cierre de las aulas -al menos por el siguiente mes y medio- papás y mamás (que son en quienes recae la mayor carga de cuidados), se quedan sin la única red de apoyo gratuita, cercana y confiable, lo que ahonda su preocupación mientras cumplen con su jornada de trabajo.
Esta realidad se repite cada verano y es más complicada para las familias que no cuentan con redes de apoyo, ni abuelos disponibles, mucho menos horarios laborales flexibles o recursos económicos para pagar cursos de verano, planes vacacionales o servicios privados de cuidado infantil.
Las vacaciones escolares hacen visible un reto que trasciende el ámbito educativo y se convierte en un desafío social.
La mayoría de quien trabaja no puede tomar varias semanas de descanso, porque las vacaciones laborales son más cortas que el receso escolar. Esa diferencia obliga a improvisar soluciones que, en ocasiones, implican dejar a los menores al cuidado de vecinos, familiares, hermanos mayores o, en los casos más preocupantes, permanecer solos durante varias horas, con la puerta cerrada con llave «por su seguridad».
Sin el periodo de clases, muchas familias enfrentan una reorganización complicada que conlleva al estrés, gastos extraordinarios y dificultades para mantener el equilibrio entre la vida laboral y familiar. No se trata únicamente de resolver quién permanecerá con los menores, sino de garantizar que continúen en ambientes seguros, estimulantes y de protección.
Las vacaciones también reflejan desigualdad social. Mientras algunos niños participan en campamentos, talleres, cursos u otras actividades, miles de ellos permanecen en su casa con escasas oportunidades de aprendizaje, recreación o convivencia.
La diferencia no responde al interés de las familias, sino a las posibilidades económicas, pues cada campamento de verano, cada curso o una niñera de confianza tiene un costo que, para la mayoría de la población, no cabe en el presupuesto familiar.
Frente a este panorama, especialistas en educación y políticas de cuidado coinciden en que, mientras México no construya una política pública robusta de cuidado infantil durante los periodos vacacionales -con opciones accesibles, seguras y gratuitas para las familias que más lo necesitan-, cada verano seguirá siendo, para muchos hogares, un ejercicio de decisiones difíciles tomadas por amor y por necesidad.
Asimismo, revalorar a la escuela como elemento esencial de la infraestructura nacional de cuidados permitiría impulsar políticas públicas que acompañen a la niñez más allá del calendario escolar y garantizar que ningún padre o madre tenga que elegir entre cumplir con su trabajo o proteger a sus hijos.
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