El poder no desaparece: cambia de forma, y quienes no lo entienden repiten fórmulas obsoletas mientras el entorno ya opera con nuevas reglas

Esta semana se estrenó The Devil Wears Prada 2, una historia que bien incluye a la industria de la moda, así como la transformación digital, el futuro del periodismo, el marketing en la industria creativa y, sobre todo, las nuevas configuraciones de poder e influencia.

El inicio es crudo: una ceremonia de premios al periodismo en la que, en medio de discursos sobre el valor del pensamiento y la importancia de la información, ocurre un despido masivo de periodistas. En ese mismo momento. Sin matices. Se reconoce el valor del oficio mientras deja de ser viable. Esa contradicción no es ficción, es contexto. Y quizás la incomodidad mayor no es el despido… es lo poco que sorprendió.

Y atraviesa toda la historia, porque obliga a reconocer que el periodismo enfrenta hoy la dificultad de mantener su valor frente a una sociedad que está dispuesta a cambiarlo por la inmediatez y la agilidad de nuevos contenidos digitales.

En El diablo… vemos cómo el mundo editorial que conocíamos ya no es el mismo, y eso obliga a replantear no solo el negocio, sino las formas de poder dentro de él.

En ese contexto regresa Miranda Priestly, una figura que durante años representó autoridad absoluta. Siempre fue visible, nunca necesitó esconder su poder. Lo que ahora aparece es otra capa: su vulnerabilidad, la presión por mantener vigente una revista en un entorno que cambió, las decisiones que ya no dependen solo de su criterio y los equilibrios que antes no se cuestionaban.

No deja de ser Miranda, pero el lugar desde el que opera ya no es el mismo, y eso se vuelve evidente en la forma en que la historia introduce a otros actores que ayudan a entender ese cambio.

La revista no se salva por una decisión unilateral, sino por una combinación de movimientos estratégicos en la que intervienen otros personajes, nuevas lógicas y distintas formas de entender la influencia. Entre ellos, destaca Sasha Barnes, cuya intervención no responde a un impulso emocional, sino a una lectura mucho más fina del entorno y de las oportunidades que ese cambio abre.

A partir de ahí, la lectura del poder también cambia. El poder no desapareció. Lo que cambió fue la forma de ejercerlo… y de legitimarlo frente a audiencias que ya no aceptan las mismas reglas.

En la historia vemos una danza protagónica de marcas de la industria de la moda, completamente integradas como parte del relato. No están ahí solo como ambientación: acompañan decisiones, construyen sentido y se posicionan dentro de la narrativa, abriendo un espacio claro de content marketing.

La película cuenta una historia, pero también funciona como una plataforma de comunicación, y eso conecta directamente con lo que está ocurriendo fuera del cine. Las marcas ya no esperan aparecer; se insertan en las historias, no interrumpen, participan.

En lugar de anunciar, construyen presencia.

Todo esto ocurre en un entorno donde la conversación está fragmentada, la atención es limitada y la influencia ya no está concentrada en un solo espacio. En ese contexto, el poder sigue existiendo, pero ya no se ejerce igual; la autoridad no se da por sentada, se construye, se disputa y, muchas veces, depende de factores que antes no estaban en juego.

Lo que esta historia permite ver no es solo la evolución de sus personajes, sino el tipo de cambios que hoy están ocurriendo en muchas organizaciones, aunque no siempre se nombren. Ahí está lo relevante, no en la película en sí, sino en lo que refleja.

La pregunta correcta es:
Cuando cambian las reglas del juego, ¿estamos ajustando la manera en que entendemos el poder y la comunicación… o solo estamos repitiendo fórmulas que ya dejaron de funcionar?

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