La propaganda necesita eco; el buen gobierno necesita resultados.

Para la Cultura Impar, algunos conceptos ayudan a entender lo que hoy se vive en México. Hay momentos de la política en que gobernar deja de significar conducir un país y comienza simplemente repetir un discurso.

Todas, absolutamente todas las mañanas, la conferencia de la presidenta Claudia Sheinbaum, intenta ser un espacio que supuestamente busca hablar de los asuntos que más interesan a la opinión pública sobre el quehacer gubernamental. Sin embargo, la escena suele dejar una sensación distinta: improvisación, mensajes poco claros y una narrativa que rara vez logra orientar el debate público.

Después, conforme transcurre el día, la figura presidencial prácticamente desaparece del escenario mediático –algo normal en un entorno dominado por redes sociales difíciles de controlar-, mientras sus mensajeros intentan sostener el discurso oficial. No todos, desde luego, pero sí una gran mayoría improvisa en batallas mediáticas que a veces rozan el ridículo, con tal de repetir que todo marcha bien y que pronto estará mejor.

Basta observar la dinámica de las llamadas Mañaneras del Pueblo. Muchos de los medios presentes parecen instalados ahí para no incomodar demasiado. El ejercicio termina siendo menos un espacio de cuestionamiento público y más un escenario donde difícilmente aparece una pregunta que altere el guion.

Así, igual que su mesías del sexenio pasado, la palabra salta de un tema a otro, explica mucho, pero informa poco, y rara vez logra marcar agenda mediática, ni nacional ni internacional. La narrativa se vuelve errática, casi cantinflesca, mientras la comunicación política pierde algo fundamental: credibilidad.

Y en política, el lenguaje no verbal también habla. Una mirada, un gesto, una postura frente al micrófono pueden desmentir en segundos lo que se intentó construir durante horas. Pareciera que a los de la presidencia se les revierte el discurso y las expresiones son cada vez más vacías.

Para muchos analistas, el problema empieza a notarse: la figura presidencial pierde densidad política, sostenida apenas por alfileres, ante la disciplina de un aparato político que prefiere repetir consignas antes que explicar decisiones.

Algo parecido ocurrió hace apenas unos días con la presentación ante el Congreso de la Unión un paquete de cambios constitucionales que pocos han logrado explicar con claridad.

Un Congreso dominado por una mayoría legislativa disciplinada, mayoriteada por legisladores a modo, muy mal preparados en lo básico de la cultura legislativa, pero domesticados al grado de no pensar por el país, sino solo por sus bolsillos y una mal entendida labor en equipo por el bien de la sociedad que supuestamente los eligió.

Entre discursos de apoyo automático y argumentos superficiales, lo que debería ser un debate profundo terminará convertido en trámite político.

Y entonces aparecen viejas referencias históricas que ayudan a entender estas prácticas. Se atribuye al ministro de propaganda nazi Joseph Goebbels aquella frase según la cual “una mentira repetida mil veces se convierte en verdad”. Difícil probar si realmente la pronunció así, pero el principio se ha vuelto una constante en la política moderna.

Años después, George Orwell lo explicaría con precisión inquietante al analizar la retórica política inglesa de su tiempo: “El lenguaje político tiene como objetivo hacer que las mentiras suenen verdaderas y el asesinato respetable”.

La propaganda política no es nueva. Lo preocupante es cuando sustituye al pensamiento, al debate y a la inteligencia pública.

Porque gobernar no es repetir, es convencer.

Y cuando un gobierno apuesta más por la repetición que por la inteligencia, corre el riesgo de descubrir demasiado tarde que la gente puede escuchar muchas veces un mensaje… pero no necesariamente creerlo.

Facebook Comments