Por José Manuel Rueda Smithers
La Cultura Impar no regaña ni pontifica; invita a mirar distinto.
Y eso es mucho más difícil -y más valioso- que levantar el dedo.

La nota roja se convirtió en el eje de la conversación pública. En México, buena parte de lo que creemos saber del país lo aprendemos a partir del miedo. Basta prender los noticiarios (mañana y tarde) o ver las notas en las redes, para encontrarse con la misma secuencia: asaltos, asesinatos, tragedias personales, violencia narrada una y otra vez, casi sin pausa y la mayoría de las veces sin contexto.
No se trata de negar la realidad ni de esconder los hechos violentos. El problema es otro: hemos confundido informarnos con asustarnos. Ver violencia no ayuda a entender lo que pasa, y repetirla hasta el cansancio tampoco nos hace una sociedad más consciente, solo más cansada y desconfiada.
Aquí fallan muchos, empezando por los medios. En la carrera por publicar rápido y ganar audiencia, se perdió algo esencial: el criterio. Hoy importa más llegar primero que explicar mejor. La nota roja funciona porque es inmediata, porque no exige demasiado y porque garantiza atención.
Tal vez el mayor riesgo no sea la violencia que se muestra, sino la costumbre de mirarla sin pensarla. Cuando todo se vuelve urgente, sangriento y escandaloso, dejamos de hacernos preguntas. Y una sociedad que no pregunta acepta versiones simples de problemas complejos. Recuperar otros temas, otras miradas y otros relatos no es evasión: es una forma de defensa colectiva. Porque entender mejor también es una manera de cuidarnos.
El costo es alto: se deja de contar todo lo demás que también construye país, como es la cultura, la educación, la ciencia, el trabajo comunitario, las ideas, y se reduce la realidad a una sola emoción: el miedo.
Pero no toda la responsabilidad es de los medios. Los gobiernos también han sido incapaces de dar esta discusión con claridad y sin miedo. El ejemplo de Clara Brugada, jefa de Gobierno de la Ciudad de México, lo muestra bien: Hizo bien en señalar que los medios ponen demasiada atención en la nota roja y muy poca en historias positivas que no son propaganda, abrió una conversación necesaria. No habló de logros gubernamentales, habló de enfoque y de agenda pública.
Sin embargo, al día siguiente fue llevada, aconsejada, no sé si obligada, a desdecirse. En lugar de sostener el planteamiento, se optó por el repliegue. Tontos gobernantes de la reacción y no de la acción. Se perdió una oportunidad de hablar en serio sobre cómo queremos informarnos como sociedad. Otra falla de los asesores improvisados.
A esto se suman los pseudoanalistas, siempre listos para opinar de todo y aclarar poco. Simplifican problemas complejos, exageran, polarizan y muchas veces engañan. Confunden ruido con análisis y convierten la indignación permanente en espectáculo. No ayudan a entender, ayudan a equivocarse.
El resultado es una sociedad saturada de información, pero con poca comprensión. No es censura lo que falta ni propaganda lo que se pide. Lo que hace falta es equilibrio. Es hablar de violencia sin volverla espectáculo. Ver lo que está mal sin dejar de mirar lo que sí funciona, lo que construye, lo que suma.
Porque cuando el miedo ocupa todo el espacio, pensar estorba, dice la idea inicial de esta Cultura Impar. Ya se dijo líneas arriba, pero una sociedad que deja de pensar, y se informa solo de tragedias, difícilmente puede crecer.
Es hora de cambiar: Todo lo que vemos cada día y en todo el país, no tiene un para qué nos sirva. Son hechos reales, pero no los importantes.
Dejemos atrás la nota roja, así empieza una mejor conversación.
Facebook Comments