+ Las organizaciones ya no hablan: repiten. La inteligencia artificial acelera la producción, pero también diluye la voz y la identidad de quien comunica

¿Recuerdan cuando Ariel entrega su voz a Úrsula a cambio de una oportunidad para conquistar al príncipe Eric? Algo parecido está ocurriendo hoy en la comunicación de muchas organizaciones.

En dos semanas impartiré un webinar sobre mensajes institucionales e inteligencia artificial para la Universidad del Chimborazo, en Ecuador. Prepararlo me obligó a ordenar ideas sobre el uso de la inteligencia artificial en la comunicación de las organizaciones y, en general, en los procesos de comunicación pública.

Hace algunos años, cuando comencé a explorar su uso para la redacción de mensajes institucionales, las reacciones de quienes me rodeaban iban del rechazo a la curiosidad, pasando por un entusiasmo contenido acompañado de cierta desconfianza. Había una preocupación de fondo: la posibilidad de que su uso implicara una forma de deshonestidad.

Recuerdo una petición que en su momento me resultó reveladora: si decidía utilizarla, debía hacerlo bajo mi propia responsabilidad… y sin decirlo.

Curioso, porque eso sí me parecía deshonesto.

En ese momento opté por no utilizarla en ese espacio y continuar “arrastrando lápiz”, invirtiendo tiempo en tareas que, bien utilizadas, la IA habría podido facilitar. No para sustituir el pensamiento, sino para acompañarlo. Con criterio, la herramienta habría permitido mejores textos, en menos tiempo y con mayor claridad.

Con el paso del tiempo, otros espacios profesionales me permitieron explorar su uso con mayor libertad. Hoy, el escenario es completamente distinto.

La inteligencia artificial se ha incorporado con tal rapidez que pasó de ser una posibilidad a convertirse en una práctica casi obligada. Hay prisa por usarla, por demostrar dominio, por no quedarse fuera; en ese proceso, algo empezó a diluirse.

Basta observar con atención el entorno para notarlo. Discursos que suenan parecidos. Textos que comparten estructura. Mensajes que repiten tonos y formatos.

Y en algunos casos, valga la anécdota, con descuidos que evidencian la ausencia de revisión: instrucciones visibles o ese remate que cada vez aparece con más frecuencia en contenidos publicados sin intervención: “si quieres, te puedo generar más opciones”.

Ese tipo de detalles no habla de la herramienta, sino de la manera en que se está utilizando.

Quienes hace algunos años dudaban de su uso, hoy la emplean de forma intensiva pero sin un proceso real de apropiación. Se aprendió a pedir textos e imágenes, pero no necesariamente a trabajarlos.

El resultado es una comunicación que comienza a estandarizarse: todos producen, pero realmente pocos comunican.

En sesiones recientes con alumnos de posgrado, la inquietud se repite con frecuencia: cómo incorporar inteligencia artificial en la planeación estratégica de la comunicación.

Mi respuesta no siempre resulta cómoda: antes de pensar en herramientas, es necesario desarrollar pensamiento estratégico. ¿Qué significa esto? Entender el contexto, definir objetivos, identificar públicos, tomar postura. Crear a partir de las necesidades de la audiencia. Buscarla en los canales en donde ya se encuentra.

La herramienta puede facilitar procesos, pero la dirección sigue dependiendo de quien decide. Entonces, cuando esa claridad no existe, la tecnología no mejora la comunicación, sino que acelera la producción de mensajes. Pero producir más no necesariamente significa comunicar mejor.

El uso poco reflexivo de la inteligencia artificial está generando un entorno en el que la voz de las organizaciones comienza a diluirse. Los mensajes cumplen, quizás, con una forma correcta, pero pierden identidad y, sin identidad, la comunicación pierde sentido y efectividad.

Como en la historia de Ariel, el problema no está en la posibilidad de transformarse, sino en lo que se entrega a cambio.

La pregunta correcta es:

¿En qué momento empezamos a entregar nuestra voz… y quién está hablando ahora por nosotros, sin que nos demos cuenta?

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