+ Millones de seguidores pueden comprar visibilidad, pero no credibilidad. En redes, la popularidad suele confundirse peligrosamente con autoridad

Durante décadas el ecosistema de la información era relativamente sencillo de entender. Había periodistas, medios de comunicación y audiencias. El periodista se ganaba la credibilidad con su trabajo, con sus fuentes y con la capacidad de verificar los hechos. El medio, por su parte, prestaba su respaldo institucional y el prestigio que había construido con el tiempo. Al final, la audiencia decidía si confiaba o no en ambos.

Por un lado, están los periodistas que nacieron en el paradigma analógico y tuvieron que aprender a vivir en el digital. Además de investigar y reportear, hoy necesitan construir una marca personal y competir por la atención en plataformas que premian la inmediatez. Su credibilidad sigue dependiendo de la calidad de su trabajo, aunque ahora también deban aprender a sobrevivir en la economía de la atención.

Están también los líderes de opinión especializados: médicos, economistas, científicos, abogados, académicos o empresarios que hablan de aquello que conocen profundamente. Su autoridad no nació en las redes sociales; las plataformas simplemente amplificaron una reputación que ya existía.

En otra categoría están los influencers. Su principal activo es la capacidad de conectar con las personas a partir de experiencias cotidianas, hábitos o estilos de vida. Influyen porque generan cercanía y porque muchas personas se ven reflejadas en ellos, no necesariamente porque sean expertos en un tema.

Y hay una cuarta figura, cada vez más frecuente: los creadores de contenido cuyo principal negocio consiste en convertir la atención en ingresos.

La fórmula suele ser bastante reconocible. Primero aparece un video que identifica una necesidad: ganar dinero, tener éxito profesional, mejorar las relaciones personales o alcanzar el bienestar. Después se ofrecen algunas respuestas y, finalmente, llega la invitación a una sesión gratuita, una clase magistral o un webinar. Ahí aparece el verdadero producto: un curso, una mentoría o un paquete completo de soluciones.

Por supuesto, no hay nada reprochable en monetizar el conocimiento. Todos los profesionales tienen derecho a hacerlo. El problema comienza cuando el negocio consiste en vender la promesa de una experiencia que en realidad no se posee.

La paradoja es difícil de ignorar. Si alguien descubrió la fórmula definitiva para hacerse millonario, ¿por qué necesita producir videos todos los días para vender el secreto de hacerse millonario? Generalmente, quien domina un tema ejerce ese conocimiento y, después, habla de él. El contenido suele ser consecuencia de la experiencia, no un sustituto de ella.

Las plataformas premian la atención porque la atención es fácil de medir. Los seguidores, las reproducciones y los “me gusta” están a la vista de todos. La credibilidad, en cambio, toma tiempo. Se construye con consistencia, con resultados y con la disposición de responder por lo que se dice.

Por eso la popularidad y la credibilidad no son la misma cosa. La primera es un dato. La segunda, un juicio. Se puede ser enormemente popular y carecer de credibilidad. También se puede ser altamente creíble y tener una audiencia relativamente pequeña.

En la era digital, ser visible no equivale a ser veraz. Y tener millones de seguidores nunca ha sido un sustituto de la confianza ganada.

Por eso, creo que la pregunta correcta es: si la popularidad es el premio de la atención y la credibilidad es el resultado de la confianza ganada, ¿por qué seguimos creyendo que el más conocido es el más respetado?

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