Por: Julio de Jesús Ramos García

Muy apreciables lectores hay que abrir los ojos vale la pena, porque mientras millones de aficionados observan lo que ocurre dentro de la cancha, existe otro campeonato que se juega lejos de los estadios: el de los miles de millones de dólares que genera la Copa Mundial de la FIFA 2026.

El organismo rector del fútbol ha convertido este Mundial en el más rentable de la historia. No sólo aumentó el número de selecciones de 32 a 48 y el calendario a 104 partidos; también aprobó una bolsa récord de 871 millones de dólares para distribuir entre las federaciones participantes. Nunca antes el fútbol había repartido tanto dinero.

El modelo de distribución refleja una lógica empresarial cada vez más sofisticada. Cada selección recibe recursos simplemente por clasificar, destinados tanto a su preparación como a su participación. A partir de ahí, el premio aumenta conforme avanza en el torneo. El campeón obtendrá 50 millones de dólares, el subcampeón 33 millones, el tercer lugar 29 millones y el cuarto 27 millones. Los equipos eliminados en cuartos de final recibirán 19 millones; los que lleguen a octavos, 15 millones; quienes alcancen los dieciseisavos, 11 millones; y hasta las selecciones eliminadas en la fase inicial conservarán un importante respaldo económico gracias a los apoyos de clasificación y preparación.

Por otro lado, reducir estas cifras a simples premios deportivos sería un error. En realidad, representan una inyección de capital para las federaciones nacionales. Ese dinero suele financiar infraestructura deportiva, programas de formación de talento, centros de alto rendimiento, ligas juveniles y proyectos de desarrollo que pueden transformar el futuro del fútbol en cada país.Pero el impacto económico trasciende al deporte.

La FIFA proyecta ingresos históricos gracias a derechos de televisión, patrocinios internacionales, venta de boletos, licencias comerciales y plataformas digitales. El Mundial funciona como una gigantesca empresa multinacional cuyo producto principal es la emoción. Cada gol genera audiencia; cada audiencia incrementa el valor publicitario; y cada patrocinador fortalece un negocio global que mueve miles de millones de dólares.

Los países anfitriones México, Estados Unidos y Canada  también participan en esta dinámica. El flujo de turistas, la ocupación hotelera, el consumo en restaurantes, el transporte, el comercio minorista y la generación de empleos temporales producen un efecto multiplicador sobre las economías locales. En muchas ciudades sede, el Mundial representa una oportunidad para acelerar inversiones en infraestructura que permanecerán mucho después del silbatazo final.

Ttambién surgen preguntas necesarias. ¿Quién captura realmente la mayor parte de esta riqueza? Mientras la FIFA incrementa sus ingresos y las grandes marcas globales fortalecen su presencia, muchas ciudades deben asumir elevados costos de organización, seguridad, movilidad y mantenimiento de infraestructura. El verdadero éxito económico dependerá de que esas inversiones generen beneficios permanentes y no únicamente un espectáculo de unas cuantas semanas.

El Mundial 2026 demuestra que el fútbol dejó de ser solamente un deporte. Hoy es una poderosa industria global capaz de influir en políticas públicas, inversiones, turismo, mercados financieros y estrategias de desarrollo económico.

Al final, el trofeo seguirá siendo uno solo. Pero la verdadera competencia económica continuará mucho después de que el campeón levante la Copa. Porque en el fútbol moderno, el balón ya no sólo rueda sobre el césped: también circula por los mercados internacionales, los presupuestos públicos y las decisiones de inversión que moldean la economía del siglo XXI.

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