Por Orlando Linares López
Como una paradoja de la era digital, en el municipio de Santiago Tianguistenco, Estado de México, haciendo honor a su nombre de raíz náhuatl (en la orilla del mercado), coexiste el tianguis del trueque, economía paralela que convive con Apps, comercio electrónico y transferencias SPEI.
Hoy que la globalización y los impulsos gubernamentales en torno a la bancarización facilitan operaciones comerciales desde cualquier punto del planeta, para muchas personas que viven en comunidades aledañas a este municipio, el trueque -práctica de origen prehispánico reconocida por el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) como parte del patrimonio cultural de México- más que un vestigio, es una opción vigente donde el intercambio de mercancías no depende de tendencias sino de la confianza y la interacción humana.
Este modelo ancestral no existe en aislamiento, sino rodeado de plazas comerciales, locales de múltiples giros, tiendas, mercados y hasta parques industriales.
Cada martes Tianguistenco se transforma. Desde las primeras horas de la mañana, en las principales calles, los puestos se despliegan para ofrecer frutas, verduras, ropa, herramientas, plantas medicinales, artesanías, alimentos preparados, etcétera; también hay lugar para la venta de animales y autos.
Ahí, las transacciones adoptan formas múltiples, hay quien regatea en efectivo, otros pagan con vales, tarjeta o transferencia, pero en la zona del trueque los productos no tienen precio en pesos, sino en equivalencias. El dinero lo suple el cambalache.
Lo que predomina es la leña recolectada en los montes cercanos que sirven de medida para realizar el cambio de productos o mercancías. Un manojo de palos puede intercambiarse, entre otras cosas, por verduras, tortillas, comida o semillas; como desde la época prehispánica lo hacían los pueblos Matlatzinca, Náhuatl y Otomí.
Así, herederos de una tradición comercial sin billetes ni código QR, los asistentes concretan el famoso “cambio”, donde el valor lo fija el consenso entre quienes participan y pactan solo con la palabra porque, a decir de la sabiduría popular, «antes de que existiera la moneda, existía el acuerdo. Antes del banco, existía la palabra».
Bajo este encanto, el mercado del trueque trasciende en el tiempo y de generación en generación; se materializa, por ejemplo, cuando una mujer otomí cambia bordados por hortalizas o cuando un artesano de molcajetes los cambia por barbacoa y se perpetúa porque logra lo que ninguna App puede replicar: diálogo, negociación cara a cara, construcción de confianza, lazos comunitarios, saberes ancestrales y soberanía económica.
De esta manera, el tianguis de Santiago Tianguistenco, uno de los más activos y visitados por habitantes de la región, de otras entidades y del extranjero, donde el trueque no ocupa un stand especial ni un cartel que lo anuncie, se convierte en un punto de convergencia entre dos mundos: el intercambio tradicional y la economía digital.
Este hecho despierta mucho interés y, entre otros, en el ámbito académico, la Universidad Autónoma del Estado de México (UAEMex), ha comenzado a documentar y estudiar esta práctica como parte de los sistemas de economía alternativa, pues se visualiza que el trueque no solo sobreviva, sino que evolucione a estructuras que fortalezcan el tejido social y la confianza entre comunidades.
Lejos de desaparecer, el trueque demuestra que las formas tradicionales de comercio pueden adaptarse y coexistir con la modernidad. Sin competir con las plataformas digitales, ofrece una alternativa que responde a necesidades distintas y representa una opción accesible, sostenible y profundamente arraigada en la historia mexicana.
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