Por Orlando Linares López

Como parte de sus derechos, la infancia de hoy crece acompañada de algoritmos, pantallas, notificaciones y conversaciones que cruzan fronteras en segundos.

Con esa consideración y en el marco de la Ley General de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes, cuya misión es el acceso y uso seguro del internet para acercarse a las acciones de información, comunicación, educación, salud, esparcimiento, no discriminación, y que obliga al gobierno mexicano a promover políticas de prevención, protección, atención y sanción del ciberacoso y de todas las formas de violencia –perpetradas mediante el uso de tecnologías- que causen daño a su intimidad, privacidad, seguridad y/o dignidad, el pasado 14 de octubre se publicó en el Diario Oficial de la Federación el Decreto de Entornos Digitales Seguros para Niñas, Niños y Adolescentes.

La nueva disposición legal prohíbe que las plataformas digitales permitan a niñas, niños y adolescentes el acceso, la exposición o recomendación de contenido, especialmente imágenes y videos que generen o promuevan: El acoso (incluido el ciberacoso y el ciberbullying); el abuso, explotación o violencia sexual; los discursos de odio o cualquier forma de violencia masiva; el intercambio de contenidos que inciten a la violencia, especialmente en el entorno escolar; la pornografía y cualquier material de naturaleza sexual explícita; el suicidio, las autolesiones y los trastornos alimenticios.

En esencia, se trata de una decisión necesaria para reafirmar que la seguridad de las infancias no puede depender exclusivamente de la voluntad de las empresas tecnológicas ni de la capacidad de cada familia para enfrentar los riesgos de internet.

Hoy que el internet abre infinitas posibilidades para el conocimiento, la creatividad o la amistad, también puede convertirse en un espacio de riesgos y amenazas silenciosas. Y en el contexto de plataformas digitales y redes sociales, no debe olvidarse que, detrás de cada perfil hay una persona en formación, con emociones, sueños y una dignidad que merece protección, incluso cuando el mundo digital parece no tener límites.

En ese ámbito las cifras explican la urgencia. Según UNICEF México, con información del INEGI, 2.9 millones de adolescentes de 12 a 17 años experimentaron ciberacoso durante 2024, equivalentes al 23% de quienes utilizan internet en ese grupo de edad. De las víctimas, aproximadamente 1.6 millones fueron mujeres y 1.3 millones, hombres. Detrás de cada porcentaje hay un nombre, un cuarto a oscuras, daño emocional y una familia que quizá no supo a tiempo lo que sucedía.

Luego de la publicación del Decreto, plataformas como WhatsApp, Instagram, Facebook, TikTok, YouTube, Snapchat o X -entre las más usadas por adolescentes- están obligadas a implementar medidas de seguridad desde el diseño, verificar la edad, clasificar contenidos, retirar materiales y cuentas de riesgo, ofrecer herramientas de supervisión parental y habilitar mecanismos de denuncia. También tendrán que colaborar con las autoridades, mantener un punto de contacto disponible las 24 horas, preservar evidencia y alertar de inmediato ante cualquier contenido que atente contra la vida e informar sobre las medidas adoptadas dentro de un plazo de 30 días naturales.

La disposición también contempla la participación de la Secretaría de Salud y de la Secretaría de Educación Pública para fortalecer la prevención, la orientación y la atención emocional, así como impulsar herramientas educativas que contribuyan al uso responsable de las tecnologías.

Con esta decisión, el Gobierno de México se suma a una tendencia internacional donde países como: Australia, Estados Unidos, Brasil, Francia, entre otros, buscan establecer mayores responsabilidades para las compañías tecnológicas.

Si bien el decreto es un comienzo no es una solución automática. Sus resultados dependerán de la coordinación entre autoridades, plataformas, docentes, madres, padres y comunidades.

Ninguna norma, por importante que sea, puede sustituir el acompañamiento cotidiano. Frente a los riesgos de internet el verdadero cambio también debe construirse desde las escuelas, las familias y la sociedad.

En los hogares es indispensable conversar sin prejuicios sobre lo que ocurre en internet, enseñar a reconocer situaciones de riesgo y procurar que niñas, niños y adolescentes sepan que pueden pedir ayuda sin temor a ser juzgados.

En las escuelas, la educación digital y emocional debe formar parte de una cultura permanente de prevención.

Frente a cada pantalla hay una infancia que merece crecer sin miedo, expresarse sin violencia y descubrir el mundo digital sin arriesgar su bienestar.

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