Por Luis Sunderland Méndez

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9 de octubre de 2026

El gobierno de Claudia Sheinbaum enfrenta una grave crisis financiera provocada directamente por la herencia de los megaproyectos de Andrés Manuel López Obrador: el Tren Maya, el AIFA, la Refinería de Dos Bocas y el Tren Interoceánico. Estas cuatro obras, que nos fueron vendidas como emblemas de la 4T, resultaron ser barriles sin fondo. Su construcción costó más de un billón de pesos, a pesar de que se presupuestaron en menos de 470 mil millones de pesos.

Independientemente de que su utilidad está sumamente cuestionada, su operación y mantenimiento exigen ahora subsidios multimillonarios constantes. No son rentables por sí mismos.

El Tren Maya opera con una muy baja ocupación, y eso solo en los tramos que están habilitados; requiere recursos federales para seguir funcionando. El AIFA sigue sin despegar, no tiene los vuelos que se prometieron y necesita inyecciones constantes de dinero. Además, es muy poco atractivo para los usuarios por su lejanía: los tiempos de traslado terrestre son terribles.

Dos Bocas produce una cantidad de barriles de petróleo muy por debajo de lo prometido y sigue absorbiendo presupuesto día con día. La realidad es que los recursos debieron haberse empleado para modernizar algunas de las refinerías con las que ya contábamos y para emprender una modernización total de Pemex, incorporándolo a la producción de energía eólica, solar y marina, que es lo que hoy se requiere.

El Interoceánico, cuya operación está suspendida, nunca generó los ingresos proyectados debido a su nula planeación y a la lamentable construcción supervisada por Gonzalo López Beltrán, “Bobby”, uno de los hijos del expresidente López, quien, además de carecer de conocimientos y experiencia en materia de construcción ferroviaria, solo engrosó su patrimonio personal.

Ese hoyo financiero es el que tiene al gobierno de la 4T sin margen de maniobra. El gasto obligado para mantener estas obras está asfixiando las finanzas públicas, y la consecuencia directa es que ya no hay dinero para lo social. Por eso, la encargada de la oficina presidencial se ha visto obligada a llegar al extremo de cancelar el programa de beneficios para los jóvenes, sacrificando su futuro. Era un programa que, aunque fuera de manera limitada, servía, porque les dio a varios la oportunidad de conseguir un empleo, aunque fuera en la informalidad, o de volver a estudiar.

Este gobierno se caracteriza por estar encabezado por una mujer que, al tomar posesión del cargo, se ufanó de que, con ella, llegaban “todas”. Lo malo es que no especificó a qué “todas” se refería. Por dar un ejemplo, dos importantes colectivos de Madres Buscadoras llevan tres semanas a las puertas de la Fiscalía General de la República, suplicando que las reciban. Sheinbaum no solo las ha ignorado, sino que las traicionó completamente, y eso que ella también es madre.

Eso nos muestra cómo es ella. Algunos tenían la esperanza de que fuera diferente y se convirtiera en la jefa de Estado que México necesitaba con urgencia, pero esa ilusión se ha ido desvaneciendo y su verdadera personalidad es ya inocultable: amargada, inflexible, altanera, soberbia y cegada. Educada desde niña en el marxismo, lo cual la convierte en alguien peor que López, tiene algo que no puede ocultar: una completa falta de carisma, empatía y compasión por las necesidades de los mexicanos. Ella solo le habla a su clientela electoral habitual, aunque ellos también son parte de los agraviados. Finalmente, este es el sello de la casa: la traición.

México, bajo la actual 4D —“destrucción”—, se propuso terminar la obra que López no pudo realizar por no tener la mayoría legislativa. Pero con Sheinbaum, después del fraude consumado por el INE y avalado por el TRIFE, ha descendido siete posiciones en la OMPI, la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual; 14 lugares en el índice internacional de democracia; 10 en percepción de la corrupción; cinco en globalidad y calidad de vida, y 12 en la prueba PISA de la OCDE. En el índice de libertad de prensa, México ocupa el lugar 124 de 180, según Reporteros Sin Fronteras. Somos el país más peligroso del mundo para ejercer esta noble profesión de periodistas y comunicadores.

Ahí nomás.

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