Por Luis Sunderland Méndez
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Nos estamos quedando sin tiempo. A este país le vendieron la idea de que la Cuarta Transformación llegaba a limpiar la casa, que se acabaría la corrupción, que primero los pobres, que el pueblo manda. Y hoy, después de ocho años, ¿qué es lo que tenemos? La casa no está limpia; está saqueada por otros con las mismas mañas de siempre, pero con un cinismo nuevo: el de hacerlo en nombre del pueblo bueno.
No escribo esto por simpatía hacia algún partido en particular. Lo hago porque amo a México y me enerva el enorme daño que le han hecho. Si acaso en 2027 lográramos detener la demolición que Morena y sus aliados, junto con la inoperancia de la oposición partidista, han infligido al país, nos tomaría por lo menos dos décadas regresar a México al camino del crecimiento económico, hacer que la sociedad vuelva a sentirse segura de ir y venir por nuestro maravilloso territorio, respetada por las autoridades y, sobre todo, recuperar una democracia dentro de una República con tres poderes independientes que se respeten entre sí.
No solamente han dañado la democracia; la han desmontado pieza por pieza. López Obrador y Sheinbaum atacaron al INE porque no quieren árbitros; atacaron a la Suprema Corte de Justicia de la Nación porque no quieren contrapesos; atacaron al INAI porque no querían transparencia. Atacaron a la prensa porque no quieren cuestionamientos ni preguntas. Esto no es democracia; es autoritarismo hipócrita con discurso de pueblo.
Lo peor es que han hipotecado el crecimiento de México. Un país no se desarrolla destruyendo instituciones, improvisando megaproyectos sin estudios, militarizando todo lo que no saben administrar, espantando la inversión y premiando la lealtad por encima de la capacidad. Tampoco se desarrolla regalando dinero sin crear riqueza, sin salud, sin medicinas, sin escuelas de calidad y sin seguridad.
Nos dijeron que seríamos como Dinamarca y tenemos hospitales sin insumos; que acabarían con la corrupción y tenemos escándalo tras escándalo: Segalmex, los contratos de los amigos y los hijos del tlatoani, el huachicol fiscal, las casas grises, la opacidad del Tren Maya y muchos otros ejemplos, con sobrecostos gigantes. En opinión de muchos mexicanos, el deterioro de las finanzas públicas es ya una realidad inocultable.
No hay peor ciego que el que no quiere ver, porque ya ni siquiera lo esconden. Desde Sheinbaum para abajo se encargan de restregarnos en la cara lo que todos los días conocemos. Vemos cómo nos mienten, nos roban y se contradicen. Con el más reciente escándalo en el INE, la presidenta insulta nuestra inteligencia al afirmar que los culpables de todo son quienes estuvieron en el IFE y el INE antes de que ellos llegaran. Vean cómo están usando el presupuesto para comprar votos en lugar de construir el futuro y, aun así, hay quien prefiere no verlo por desinterés, miedo o fanatismo.
Si seguimos así, en 2027 no tendremos elecciones verdaderamente limpias; recibiremos otro avasallamiento del oficialismo. Quiero ser muy claro: si les entregamos de nuevo el Congreso, los municipios y los estados, y les permitimos consumar la captura total del Poder Judicial y de los órganos electorales, revertirlo podría tomar generaciones. Este no sería un sexenio más; sería, para muchos, el cierre del sistema democrático como lo conocimos. Seríamos un país donde ya no se podría cambiar de rumbo porque ellos mismos serían el rumbo.
Todavía estamos a tiempo. Despertar no es quejarse en redes sociales, ni inundar WhatsApp de memes e información. Despertar es hablar, organizarse, ir a votar y convencer, al menos, a cinco personas para que también vayan a las urnas.
México no es de un partido. México no es de un caudillo. México es de todos. Y si no lo defendemos ahora, mientras aún queda tiempo antes de las elecciones, quizá perdamos una oportunidad que tardaría muchos años en volver.
Pongámosle un ya basta a la presidenta. Que vea que la sociedad civil está dispuesta a defender a México. Que haya presión social. Que escuche que estamos hartos de las mentiras y de las corruptelas que, según muchos ciudadanos, se repiten todos los días desde la mañanera. Que no sean solo los trabajadores del sector Salud, del IMSS y del IMSS-Bienestar, los transportistas, los agricultores, las madres buscadoras o los padres de niños con cáncer quienes levanten la voz.
Los agraviados somos todos. Lo que estamos viendo hoy basta para entender que todos tenemos que unirnos, por el bien de todos, por el bien de México.
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