Por: Orlando Linares López

Por muchos años, en las escuelas públicas y privadas del país se vendían, distribuían y se hacía publicidad de alimentos con exceso de azúcares, grasas, sodio y otros añadidos, mejor conocidos como comida chatarra.

Una encuesta, aplicada en más de 10 mil escuelas entre 2023 y 2024, reveló que el 98% de ellas vendía productos ultra procesados, 95% ofrecía bebidas azucaradas y 79% refrescos, además de que en 25% de los planteles había publicidad de este tipo de alimentos.

Esa condición, se dice, agravó uno de los principales problemas de salud pública en México: el sobrepeso y obesidad infantil, del cual el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) indica que afecta a uno de cada tres niños y adolescentes mexicanos.

Ante esa realidad, a partir del 29 de marzo de 2025, el gobierno federal prohibió la venta alimentos considerados comida chatarra dentro de las escuelas del país.

La decisión, según la Encuesta Nacional sobre Alimentación Escolar 2025, fue avalada por al menos nueve de cada diez ciudadanos a favor de la regulación para transformar los entornos escolares y en pro de fomentar hábitos de alimentación saludable.

A un año de la implementación, se estima que no ha sido fácil cambiar prácticas. Muchos niños y adolescentes extrañan la diversidad de productos que, a pesar del exceso de azúcares, grasas, sodio o calorías, eran de su predilección y basta recorrer los espacios fuera de las aulas, de cualquier nivel, para cerciorarse cómo los productos chatarra siguen presentes entre estudiantes, trabajadores y hasta con los docentes, como parte de un mercado clandestino que escapa al control escolar.

Respecto de los montos económicos que dejaron de recibir las empresas que fabrican dichos productos y las cooperativas escolares, sin que se conozca una cifra oficial; considerando aproximadamente 35 millones de estudiantes en Educación Básica y Media Superior, un calendario escolar con 200 días de clases y que en promedio un estudiante gastaba 20 pesos diarios en dulces, frituras o bebidas durante el recreo, se estima que mercado escolar movía 140 mil millones de pesos anuales.

En cuanto al volumen que dejó de venderse, considerando el mismo número en alumnos y días de clase, además de un consumo promedio de 100 gramos diarios de productos chatarra por cada estudiante, las cifras indican el retiro de las escuelas de 700 mil toneladas de mercancías chatarra.

Si bien ya no se expenden en las escuelas, muchos estudiantes adquieren estos productos en el mercado negro interno, en tiendas cercanas o con vendedores ambulantes. Ha sido más un desplazamiento del lugar de venta que una caída real del consumo.

En octubre de 2025, la Secretaría de Educación Pública (SEP) señaló que el 86% de escuelas ya no venden comida chatarra; el resto -casi dos de cada diez- que aún lo hacen, refleja dificultades en la supervisión y cumplimiento de la norma.

Hasta hace un año, según datos de la citada Encuesta Nacional sobre Alimentación Escolar, solo el 18% de los niños ingería refrigerios saludables durante el horario escolar, la mayoría cargaba o compraba alimentos con alto contenido de azúcar o grasa; el 40% de los niños llevaba su refrigerio desde casa, 33% lo compraba dentro de la escuela y 26% combina ambas opciones.

Lo anterior indica que la alimentación saludable también depende del núcleo familiar y que el mayor riesgo puede ser la resistencia cultural y malos hábitos alimenticios arraigados.

En un contexto donde es necesario reivindicar a la escuela como espacio donde se aprende, pero también donde se forman hábitos para toda la vida, la decisión de no vender comida chatarra representa un paso importante, pero el reto de una vida saludable y el cambio de hábitos alimenticios, no es misión exclusiva de las escuelas, es una tarea compartida social y familiarmente.

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