El poder no siempre cambia a las personas.
A veces simplemente les ofrece la oportunidad de parecerse
a aquello que juraron combatir.

Fue a principios de los 80´s cuando muchos periodistas mexicanos (en realidad de todo el mundo), tuvimos la oportunidad de cubrir el triunfo del Ejército Sandinista de Liberación Nacional en Nicaragua en contra de la dictadura de Anastasio Somoza. Miles de personas celebrando que la opresión terminaba ¿para siempre?
Eso fue en aquel país, en aquel entonces.
En México, se dio algo muy parecido (afortunadamente sin guerra), cuando se terminó la conocida dictadura perfecta.
Ahora, y sin importar el país que se trate, lo cierto es que los sueños terminan tarde o temprano.
Va nuestra historia inventada:
Había tanta gente reunida en la plaza que apenas quedaba espacio para caminar.
Los jóvenes levantaban banderas.
Los ancianos observaban desde las bancas.
Los comerciantes interrumpían por un momento sus ventas para escuchar al hombre que acababa de subir al templete.
Vestía sencillo.
Sonreía con naturalidad.
Y hablaba con esa convicción que sólo tienen quienes todavía creen que el mundo puede cambiar.
—No podemos permitir que unos cuantos decidan por todos —decía.
La multitud respondía con aplausos.
—El poder debe servir a la gente, no servirse de ella.
Los aplausos crecían.
—Los gobiernos deben escuchar antes de mandar.
Alguien gritó:
—¡Así debe ser!
El anciano, sentado hasta atrás, permanecía en silencio.
No aplaudía.
No protestaba.
Simplemente escuchaba.
Una mujer que estaba junto a él le preguntó en voz baja:
—¿No le gusta lo que está diciendo?
El hombre sonrió.
—Claro que me gusta.
—Entonces… ¿por qué no aplaude?
El anciano tardó unos segundos en responder.
Miró nuevamente al orador.
Lo observó con atención.
Y finalmente dijo:
—Porque acaba de pronunciar, palabra por palabra, el mismo discurso que hace treinta años juró combatir.
La mujer frunció el ceño.
No entendía.
El anciano continuó.
—Hace treinta años él estaba del otro lado de la plaza. Entonces señalaba a un gobernante que decía exactamente esas palabras… mientras hacía exactamente lo contrario.
Guardó silencio.
Después agregó:
—Hoy ocupa el mismo lugar.
La mujer volvió a mirar al político.
Seguía hablando de democracia.
De libertad.
De escuchar al pueblo.
De combatir los abusos.
Todo sonaba correcto.
Todo parecía sincero.
—¿Entonces está mintiendo? —preguntó.
El anciano negó lentamente con la cabeza.
—No necesariamente.
Lo más peligroso de la política no son las mentiras.
Es cuando quienes llegan al poder terminan creyendo que sus propias justificaciones son la verdad.
La multitud seguía aplaudiendo.
El discurso terminaba entre promesas.
El político levantó los brazos.
La plaza respondió con entusiasmo.
Entonces el anciano se puso de pie.
Se acomodó el sombrero.
Y antes de marcharse dijo una última frase:
—Las dictaduras casi nunca llegan diciendo que vienen a quitar libertades. Siempre llegan prometiendo defenderlas.
Quizá ése sea uno de los mayores enigmas del poder.
¿Por qué tantos hombres y mujeres que dedicaron su juventud a combatir el autoritarismo terminan pareciéndose, con el paso de los años, a quienes alguna vez criticaron?
No ocurre solamente en un país.
No pertenece a una ideología.
Sucede en gobiernos de izquierda, de derecha y de cualquier color imaginable.
Al principio cambian las palabras.
Después cambian las prioridades.
Finalmente cambian los principios.
Y casi nunca se dan cuenta.
Empiezan justificando una excepción.
Después una decisión.
Más tarde una censura.
Finalmente descubren que ya no gobiernan para defender la libertad, sino para conservar el poder.
La historia lleva siglos enseñándonos la misma lección.
Los tronos cambian de dueño.
Las banderas cambian de color.
Los discursos cambian de protagonista.
Pero la tentación permanece intacta.
Quizá por eso las democracias no deberían preocuparse únicamente por elegir buenos gobernantes.
Deberían preocuparse, sobre todo, por impedir que cualquier gobernante llegue a creer que él mismo es más importante que los principios que prometió defender.
Porque el día que un político pronuncia, sin darse cuenta, el mismo discurso que juró combatir… el problema ya no es ese político.
El problema es que la historia acaba de empezar a repetirse.
Las revoluciones suelen cambiar a los gobernantes. El poder decide si también cambiará a los revolucionarios.
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