El liderazgo que parece fracasar en público sigue decidiendo en privado.
Quien anuncia soberanía administra silencios que no controla del todo.

Durante mucho tiempo se pensó que el poder se ejercía a través del conflicto visible. La confrontación directa, la imposición pública y la derrota explícita del adversario eran señales claras de dominio. Sin embargo, la política contemporánea ha sofisticado sus mecanismos. Hoy, uno de los castigos más eficaces no es el ataque, sino algo mucho más discreto: la irrelevancia.
Ignorar no es ausencia de acción; es una decisión. Implica evaluar que el costo de confrontar es mayor que el de continuar sin el otro. En los espacios donde se toman decisiones reales -foros multilaterales, mesas de negociación, circuitos financieros y diplomáticos- el poder no siempre se exhibe: se administra. Y cuando alguien no altera el curso de los acontecimientos, simplemente se le deja fuera del cálculo.
Esta lógica resulta especialmente incómoda para aquellos acostumbrados a dominar el escenario. Figuras que construyen su autoridad a partir del reflector, del gesto rudo y de la palabra contundente. En esos casos, la visibilidad no es un accesorio: es la fuente misma del poder. Ser visto equivale a existir; ser citado equivale a influir.
El problema aparece cuando ese estilo se traslada a espacios donde la estridencia no suma. En los foros internacionales nadie gana por hablar más fuerte. Se gana por incidir. Y cuando el discurso no produce cambios reales, se convierte en ruido. El foro continúa, las conversaciones avanzan y el liderazgo ruidoso queda presente, pero sin capacidad de alterar el rumbo.
Ese es el castigo moderno. No hay confrontación ni descalificación pública. No se fabrican mártires. Simplemente no hay reacción. Y para ciertos liderazgos, ese silencio resulta más devastador que cualquier crítica.
Esta lógica también explica por qué algunos actores parecen fracasar en los grandes escenarios públicos, pero conservan eficacia en ámbitos bilaterales y discretos. Allí no hay público ni espectáculo. Basta una llamada. Días después, se anuncia una medida presentada como decisión soberana. No hay imposición visible, solo coincidencias puntuales y silencios elocuentes.
Solo como un ejemplo muy reciente -de la semana pasada- cuando Claudia Sheinbaum anunció la decisión de no más envíos de petróleo a Cuba y dice que fue decisión soberana de Pemex. Dos días después, Donald Trump amenaza con aranceles a quien ayude al gobierno cubano. Ese mismo día, Marcelo Ebrard explica sus negociaciones a puerta cerrada sobre el Tratado de Libre Comercio (las califica como muy productivas), pero el gobierno estadounidense descalifica sin temor alguno.
En México se cacarea una llamada telefónica que nombra como muy provechosa y amable, los medios afines así lo informan, y el líder de Estados Unidos solo habla como un hecho anecdótico donde la simpatía que siente por la presidenta de México es el tema de su información, sin quitar el dedo del renglón de que falta mucho por aplicarse.
Así, mientras la irrelevancia opera como castigo desde afuera, la influencia se ejerce hacia adentro. Ignorar no significa perder poder; a veces es la manera más eficaz de usarlo. En un mundo donde la política es también una disputa por la atención, perderla equivale a perder capacidad de incidencia.
Ignorar también es una forma de poder. Una de las más silenciosas. Y, paradójicamente, una de las más contundentes. Pero ella, sigue con el argumento del no pasa nada.
Entender quién ignora a quién dice más que cualquier discurso. México sigue perdiendo en todo.
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