Por Daniel Lee

Emergencias médicas en cadena revelan crisis en centros migratorios de EE.UU.
La política migratoria de Estados Unidos vuelve a colocarse bajo la lupa internacional, esta vez por una realidad que desborda cualquier justificación institucional: niños migrantes enfermos, hospitalizados o expuestos a brotes infecciosos mientras permanecen bajo custodia del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos.
Lo que ocurre en el Centro de Procesamiento de Inmigración de Dilley, Texas, es una crisis humanitaria que interpela los límites éticos del modelo de detención migratoria.
Durante los últimos seis meses, servicios de emergencia han sido llamados en repetidas ocasiones a este complejo operado por la empresa penitenciaria privada CoreCivic. Las razones: fiebre alta, convulsiones, dificultades respiratorias, niveles peligrosamente bajos de oxígeno, fracturas óseas y desmayos, incluso en mujeres embarazadas. Los registros telefónicos y grabaciones revisados por NBC News y ProPublica revelan un patrón que no puede ser reducido a incidentes aislados, sino que apunta a una estructura institucional que coloca a menores en situaciones de riesgo sistemático.
Funcionarios del Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos sostienen que los migrantes reciben atención médica adecuada, mientras que el director interino de la agencia, Todd Lyons, asegura que las instalaciones están diseñadas para mantener a las familias en un entorno “seguro y estructurado”. Incluso el discurso oficial ha llegado a afirmar que los detenidos reciben “la mejor atención sanitaria de su vida”. Sin embargo, los registros médicos, las hospitalizaciones recurrentes y las denuncias legales dibujan una realidad diametralmente opuesta.
La contradicción entre narrativa y hechos se vuelve aún más inquietante ante la confirmación de casos de sarampión dentro del centro y el aumento exponencial del número de personas detenidas desde el regreso de Donald Trump a la presidencia. Más de 60 mil personas permanecen bajo custodia migratoria en Estados Unidos en un momento dado, mientras el gobierno federal evita divulgar cifras precisas sobre menores detenidos. Esta opacidad institucional alimenta sospechas sobre el alcance real de una política que afecta principalmente a familias vulnerables.
El centro de Dilley no es nuevo. Fue abierto durante la administración de Barack Obama para responder al aumento de familias que cruzaban la frontera, dejó de operar bajo ese modelo durante el gobierno de Joe Biden y fue reactivado posteriormente con un enfoque más agresivo de persecución migratoria. Esta continuidad, con matices ideológicos distintos, revela un problema estructural más profundo: la normalización del encierro de niños como instrumento de control migratorio.
Las denuncias legales aportan detalles aún más perturbadores. El caso de Amalia, una bebé de 18 meses hospitalizada durante diez días por afecciones respiratorias potencialmente mortales expone la dimensión humana del problema. Según sus abogados, la menor fue mantenida bajo custodia en medio de un brote de sarampión y expuesta a múltiples virus infecciosos. La directora de la Clínica de Derechos de los Inmigrantes de la Columbia Law School calificó la situación como inconcebible y sostuvo que la detención de niños en condiciones degradantes no solo es ilegal, sino incompatible con los valores democráticos que Estados Unidos afirma defender.

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