Por: Orlando Linares López
Una transformación silenciosa está ocurriendo en los salones de clases en México. No inició por decreto ni con honores, sino a través de las pantallas de celulares, en la madrugada antes de entregar una tarea cuando, apresurado, un estudiante teclea una pregunta y recibe, en segundos, una respuesta que antes implicaba horas de búsqueda.
En medio de este escenario, el mes pasado, la Secretaría de Educación Pública (SEP) presentó los resultados de Encuesta Nacional sobre Usos y Percepciones de la Inteligencia Artificial Generativa (IAG) en la Educación Superior en México (ENIAG).
Se trata de un panorama sobre el alcance y la adopción de la IA (que puede crear contenidos originales en respuesta a las indicaciones o peticiones de un usuario), que evidencia un fenómeno tecnológico y un cambio cultural de los estudiantes mexicanos.
En la encuesta participaron más de 1.5 millones de estudiantes y más de 163 mil de docentes de dos mil 900 instituciones de educación superior.
Entre lo relevante: 66% de los estudiantes y 60% de los docentes dijo utilizar estas herramientas al menos una vez por semana; 79% de los jóvenes recurren a ella por textos académicos; 61% para generar imágenes; 15% produjo código; 10% videos; 9% audio. Entre docentes, 76% la utiliza para textos, 52% para imágenes, 14% código, 15% videos y 13% para audio.
Otro hallazgo: alrededor del 80% de los estudiantes considera que la inteligencia artificial transformará su futuro profesional.
Tanto docentes como alumnos reconocen su utilidad en procesos complejos como la creatividad, el razonamiento y la reflexión. Sin embargo, cerca del 80% de los estudiantes desconoce políticas institucionales sobre su uso, y menos del 30% ha recibido capacitación formal.
Y lo preocupante: 87% de las instituciones no tiene ningún mecanismo para evaluar cómo se emplea la IAG en el salón de clases.
Al respecto, la SEP propuso diez principios de acción, entre ellos se destaca: contar con lineamientos institucionales claros; fortalecer la formación docente; aumentar la literacidad en IA; realizar el rediseño de la evaluación académica; promover la reducción de brechas y reforzar la atención al bienestar estudiantil.
Respecto a la necesidad de capacitación sobre la IAG, casi la mitad de los docentes de instituciones públicas ha tomado algún curso relacionado con IA generativa, pero en las Universidades Interculturales solo 25% ha tenido acceso a capacitación. Ello evidencia una brecha digital.
La encuesta cubrió solo el nivel superior, pero es innegable que la IAG ya está presente en otros niveles educativos donde niñas, niños y adolescentes crecen acompañados por sistemas que les abren oportunidades extraordinarias, pero que también les implica riesgos, dependencia tecnológica, pérdida de habilidades críticas y exposición a contenidos no verificados.
Para los docentes que llegan al aula con décadas de vocación y sin que nadie les enseñara a convivir con dispositivos que redactan mejor que sus alumnos, aquí emerge otro desafío, que ya es parte no oficial de su trabajo: detectar el uso de IA. Algunos lo hacen con intuición, identifican un vocabulario inusualmente elevado, ausencia de fuentes verificables, una coherencia demasiado pulida para la edad del estudiante. Pero la intuición no es suficiente. Más del 90% de ellos manifiesta interés en capacitarse en IA para que su labor no implique una persecución, sino una oportunidad pedagógica, que entienda a la IAG lo suficiente para enseñar a sus alumnos a usarla con conciencia ante su imparable avance condenado a redefinir el sentido de la educación y moldear otras formas de aprender, enseñar y pensar.
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