Luis Sunderland Méndez
X@LouSunderland 28 de agosto de 2026
28 de agosto de 2026.
La mano dura de Omar García Harfuch, es el escudo político contra el obradorismo y mientras, la presidente Sheinbaum gobierna sobre una cuerda floja heredada, y su equilibrio se llama ambivalencia.
Por un lado, está el rostro operativo de su secretario de Seguridad y Protección Ciudadana, que ha ejecutado lo que López Obrador nunca quiso hacer: golpes directos al crimen organizado, detenciones de operadores de alto nivel, desmantelamiento de redes de huachicol fiscal, como las de Ingemar que está ligada a Ernesto Ruffo, y una narrativa de inteligencia y coordinación internacional que contrasta con la política de “abrazos, no balazos”.
Su presencia en el IDEC en Buenos Aires es simbólica: es el México que sí quiere ser visto como un Estado que sí combate al narco. Esa es la Sheinbaum que mira hacia afuera. La que entiende que, sin resultados en seguridad, no hay inversión, no hay T-MEC y no hay gobernabilidad.
Pero por el otro lado, está la Sheinbaum que mira hacia adentro, hacia Palenque, aunque ahora parece ser que su padre político está en la CDMX, ahí la lógica, cambia por completo. Hizo que García Harfuch se comprometiera con Terrence Cole, administrador de la DEA, a que el excontralmirante Fernando García Laguna, incluso su hermano Manuel Roberto, no estuvieran detenidos en ninguna penitenciaría o penal, que llevaran su proceso en prisión domiciliaria y que se diera a conocer a la opinión pública los pormenores del caso, ahí la lógica cambia por completo.
La fiscal Ernestina Godoy, de nueva cuenta, se adelanta a Sheinbaum y por instrucciones de su verdadero jefe, López, los marinos permanecerán detenidos en el Altiplano.
Esta acción es la segunda vez con que México se burla de Estados Unidos; la primera, López Obrador lo hizo con el caso del general Cienfuegos, no solo no lo investigaron y procesaron, sino que lo condecoraron.
Cada vez que la investigación toca la zona más tóxica del obradorismo – Andy, Adán Augusto, Delgado, los gobernadores señalados por sus pactos con el narco, las alcaldías entregadas, las aduanas, los puertos – aparece el freno político.
El caso más claro es el de Rubén Rocha Moya en Sinaloa, que, a pesar de las múltiples acusaciones y un sin número de señalamientos de la DEA, el caso Zambada y el colapso de la seguridad en el estado, la presidente a pesar de que logró que este sinvergüenza no cumpliera las órdenes de su real patrón, López, tuvo que volver a pedir licencia al cargo, ahora por tiempo indefinido.
Pero esto no tiene sentido, en la investigación están señalados los antes mencionados, incluyendo al ex secretario de Marina Ojeda, y ellos por ahora, están en absoluta libertad y gozando de una total impunidad. En cambio, los hermanos Farías Laguna, al igual que Ernesto Ruffo, están recluidos en un penal de alta seguridad, con la dureza de un sistema que está en contubernio con el crimen organizado.
Veremos la reacción de Terry Cole contra Omar García Harfuch, después de que lo tuvo a su derecha toda la estancia de ambos en Argentina. Ahora no hay ese Harfuch, lo que hay es impunidad protegida. Esa es la clave de la ambivalencia: Sheinbaum, necesita a Harfuch para legitimarse como Jefa de Estado ante México y ante Estados Unidos, pero necesita proteger a los narcopolíticos para legitimarse como heredera de López Obrador ante Morena.
Atacar a los operadores criminales y proteger políticos de esos criminales, le da estabilidad interna, porque si cae Rocha Moya, caen las preguntas inevitables: ¿quién lo puso?, ¿quién lo protegió? y ¿quiénes salieron beneficiados durante seis años? Todas las respuestas llevan al ex presidente. Por eso la estrategia es quirúrgica y selectiva: se golpea al narco delictivo, pero se cuida al narco político; se detiene al sicario, pero no al padrino; Harfuch es la mano que golpea, Sheinbaum es la mano que tapa y entre las dos, sostienen el pacto de impunidad que le permite al gobierno parecer distinto, sin romper con el viejo.
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