Por: Orlando Linares López

En los patios de muchas escuelas de México, el eco de las risas infantiles comienza a sentirse más tenue. Donde antes había filas largas de niñas y niños esperando entrar a clase, hoy algunos salones lucen semivacíos.

Aunque esto tiene que ver con varios factores, de acuerdo con estimaciones del Consejo Nacional de Población (CONAPO), en años recientes, en el país, el número de nacimientos ha descendido de forma sostenida. En 2014 la tasa de natalidad era de 74.2 por cada mil mujeres en edad fértil, para 2023 se redujo a 52.2 y se estima que en 2030 haya un 2% menos de población infantil.

El fenómeno no pasa desapercibido. Autoridades educativas de algunos estados, entre ellos; Nuevo León, Jalisco, Ciudad de México y el Estado de México, han expresado su preocupación ante una realidad que avanza en silencio, pero con fuerza: cada vez hay menos niños en las escuelas porque, simplemente, están naciendo menos.

En algunas comunidades, que solían vibrar con la energía de la infancia y que por años enfrentaron el reto de construir más aulas para una población escolar en constante crecimiento, hoy la preocupación es opuesta: ¿qué hacer cuando hay menos niños?

La Secretaría de Educación Pública (SEP) ha reconocido que el número de alumnos inscritos en ciclos recientes es inferior al proyectado, lo que obliga a replantear la planeación de recursos humanos y materiales destinados a ese fin; también ha precisado que, en comunidades rurales la situación es mayor.

Analistas en temas demográficos refieren que la tendencia tiene varias causas, pero una de las principales es el cambio en la forma en que las nuevas generaciones conciben la vida.

Señalan que un alto porcentaje de jóvenes de entre 20 y 35 años opta por no tener hijos, argumentando razones económicas, laborales, medioambientales, deseo de libertad personal o el temor ante un entorno social complejo. Muchos se deciden por el cuidado de mascotas a las que integran y tratan como miembros de su familia, brindan atención especializada, ropa, alimentación, guarderías y hasta planes funerarios, entre muchos más. Un contexto que reconfigura vínculos afectivos y refleja una transformación cultural que impacta en la tasa de natalidad.

Otro factor que atenta contra la infancia de los que sí nacen, es el crimen organizado y las actividades delictivas que, en diversas regiones del país, generan entornos donde la niñez es más vulnerable.

Para algunos niños, el juego en la calle lo ha reemplazado el miedo; la escuela es desplazada por la tentación o la presión de integrarse a la delincuencia. Tristemente cada vez más parece algo normal que grupos criminales recluten a niños y jóvenes como vigilantes, transportadores de drogas o para sus filas de combate; hechos que comprometen el futuro de toda una generación.

Más aún, según datos del Sistema Nacional de Protección de Niñas, Niños y Adolescentes (SIPINNA), miles de menores se encuentran en situación de calle, trabajo infantil o explotación; condiciones que se agudizan en zonas de alta incidencia delictiva.

En este contexto, nuestro país avanza a una dinámica social que ya es visible en varios países europeos: el envejecimiento poblacional.

Hoy, con menos nacimientos, menos niños estudiando y jugando en las escuelas, más allá de las estadísticas, sirva esta reflexión para abrazar, valorar y felicitar a cada niño en su día (30 de abril) antes de que nuestra historia se llene de ausencias, de juegos que ya no se escuchen, de aulas que pierden su bullicio y de la “esperanza del futuro” que ya no habrá.

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