Por Luis Sunderland Méndez

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X@LouSunderland

3 de julio de 2026

El mundial de fútbol que estamos viviendo con tanta intensidad en estos días, nos ha mostrado la verdadera forma que tienen millones de mexicanos, en su mayoría jóvenes, de expresar sus emociones, simplemente, no tienen freno alguno, y no miden las consecuencias de su desfogue, pareciera que éste, se convierte en catarsis de lo que día a día tienen guardado y sin oportunidad de desahogo; por eso la vomitan.

Si bien es cierto que la Selección Nacional ha hecho un buen papel y que ha rebasado lo que muchos pensábamos que podría hacer, y eso se debe festejar, miles de personas en todo el territorio nacional, sobre todo en las tres ciudades sedes oficiales, la CDMX, Guadalajara y Monterrey, y en casi todas las plazas posibles, se ha reunido la afición a beber, bailar, gritar y divertirse por horas.

Lo lamentable es que la manera de hacerlo en muchos de los casos, ha sido en forma desbordada y eso es lo que verdaderamente preocupa, porque en este caso es fiesta, un jolgorio, y hemos visto a todo tipo de gente reunida, de diferentes estratos sociales convivir y divertirse, en el mismo camellón de Paseo de la Reforma, el joven que viene de Chimalhuacán, se abraza y brinda con el que vive en Bosques de las Lomas, miles, solo se concretan a divertirse sin ocasionar ningún daño, no abusan de nada, solo están felices como millones de mexicanos lo hacemos y tenemos un momento inolvidable.

Me pregunto si la polarización entre las clases sociales se ha detenido para dar paso al festejo por los resultados del TRI, o volverá a aparecer cuando todo esto acabe.

Veo que debería ser motivo de reflexión que, en el más reciente festejo del martes en la noche, cuando se dio la victoria sobre el seleccionado ecuatoriano, haya habido cuatro aficionados que perdieron la vida, tres de ellos asfixiados y uno por un ataque epiléptico que derivó en un infarto, qué tristeza da esto.

Cuestiono: ¿qué pasaría si este tipo de concentraciones multitudinarias fueran por otro motivo? ni las autoridades locales ni las federales, podrían soñar con controlar un verdadero tsunami de jóvenes, que en lugar de estar reunidos felices por los resultados de su Selección, estuvieran enardecidos por los resultados del gobierno que tenemos  y que, con mucho, no solo los ha defraudado, sino engañado, traicionado, olvidado y perjudicado; robándoles la oportunidad de mejorar su nivel de vida e impidiéndoles que su lucha por salir adelante y prosperar, sea cada día más sencilla de lograr.

El gobierno de Clara Brugada no provocó directamente las muertes de los cuatro aficionados, pero es muy claro que subestimó la concentración masiva que batió todos los récords anteriores y no estaba preparado para ser lo que son, o deberían de ser, “autoridad” que previene una tragedia.

Más de un millón de aficionados se reunieron en Paseo de la Reforma, y la euforia derivó en caos, peleas, pirotecnia y personas atrapadas. Sí, habían prohibido la venta de bebidas alcohólicas, pero ninguna autoridad vigiló que se cumpliera la orden y los jóvenes podían beber hasta ahogarse completamente.

La Ciudad de México ha vivido muchas celebraciones para todo tipo de eventos, Se supone que el gobierno capitalino sabe cómo es el comportamiento de las multitudes, sabe cómo anticipar escenarios de saturación, consumo de bebidas, empujones, cierres viales, ataques de pánico, desmayos y emergencias médicas. Si el operativo encabezado por Brugada no pudo adelantarse a estos lamentables hechos, es claro que, en la CDMX, también existe un vacío de administración pública.

Da incertidumbre el qué pasará si nuestra Selección le gana a Inglaterra el domingo, Brugada y su gente debe revisar sus operativos y adelantarse a los hechos, la planeación no puede depender de esperar que la ciudadanía se autorregule, cuando se está a punto de celebrar algo que sería épico en la historia del futbol mexicano.

El gobierno debe prever lo peor, incluso cuando espere lo mejor. La inquilina de Palacio debiera sentirse corresponsable también de esto, aunque la responsabilidad es de la jefa de Gobierno y parece ser, que la capacidad real para manejar este tipo de reuniones, no puede garantizar la seguridad de los asistentes.

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