Por Daniel Lee

Hay un dato que debería sacudir la vieja estructura del sindicalismo mexicano: uno de cada cuatro trabajadores afiliados a organizaciones sindicales registradas ante el Centro Federal de Conciliación y Registro Laboral (CFCRL) tiene menos de 30 años. No es una cifra marginal ni anecdótica. Son 2 millones 110 mil 756 jóvenes, equivalentes al 25.86% de los 8 millones 160 mil 100 trabajadores sindicalizados contabilizados por el organismo desde noviembre de 2020.
La cifra adquiere mayor relevancia cuando se amplía la mirada hasta los 35 años. En ese rango existen 3 millones 373 mil 622 trabajadores, es decir, 41.3% del universo sindical registrado. En otras palabras: prácticamente cuatro de cada diez sindicalizados tienen 35 años o menos. El sindicalismo mexicano, por tanto, no está frente a una generación que apenas comienza a llegar. Ya está dentro. El verdadero problema es otro: ¿cuánto poder tiene?
Porque afiliar jóvenes no significa necesariamente renovar el sindicalismo. Una organización puede tener millones de trabajadores jóvenes en su padrón y continuar funcionando con estructuras envejecidas, prácticas verticales y dirigencias que se perpetúan durante años. El desafío planteado por el CFCRL resulta precisamente ahí: convertir la presencia numérica de las nuevas generaciones en participación efectiva, representación y capacidad de decisión.
Los datos también exhiben una brecha que no puede ignorarse. De los sindicalizados menores de 30 años, 1 millón 270 mil 750 son hombres, 60.20%, mientras 840 mil 6 son mujeres, 39.79%. La diferencia revela que la renovación generacional tampoco garantiza por sí misma una renovación en materia de igualdad. Si los jóvenes llegan a los sindicatos, pero las mujeres jóvenes continúan teniendo menor presencia, el cambio será incompleto.
El sindicalismo necesita dejar de mirar a los jóvenes como una reserva de votos, afiliaciones o asistentes a actos. Debe reconocerlos como protagonistas del mundo laboral que ya está aquí. Son quienes enfrentan empleos más flexibles, transformaciones tecnológicas aceleradas, nuevas formas de contratación, incertidumbre profesional y una relación distinta con las instituciones. Para ellos, el sindicato no puede ser solamente una estructura que aparece cuando existe un conflicto laboral; tiene que convertirse en una herramienta cotidiana de defensa, negociación, capacitación, movilidad profesional y construcción de futuro.
Aquí aparece una de las grandes paradojas del sindicalismo mexicano: las nuevas generaciones pueden representar una parte sustancial de sus bases, pero eso no significa que estén representadas proporcionalmente en sus órganos de gobierno. Tener credencial sindical no equivale a tener voz; tener voz tampoco equivale a tener poder.
Por eso la democracia sindical no debe reducirse a la celebración periódica de elecciones. El voto personal, libre, directo y secreto es indispensable, pero constituye apenas el punto de partida. La democracia se prueba también en la posibilidad real de competir, disentir, organizarse, proponer y acceder a responsabilidades sin que la edad, el género o la cercanía con las dirigencias se conviertan en filtros informales.
La renovación sindical tampoco consiste en sustituir dirigentes mayores por dirigentes jóvenes únicamente para cambiar rostros. Eso sería una operación cosmética. Lo que necesita cambiar es la cultura del poder. Un joven sentado en una mesa directiva, pero sin capacidad para cuestionar decisiones, no representa renovación. Una mujer joven incorporada a una comisión sin atribuciones reales tampoco representa igualdad. Y una elección formal donde las bases no tienen alternativas reales difícilmente puede llamarse democracia.
Los 2.1 millones de menores de 30 años representan una oportunidad histórica. Si se les brinda formación sindical, espacios de liderazgo, acceso a la información, mecanismos de participación y posibilidades auténticas de competir por cargos de representación, pueden convertirse en la generación que reconstruya la legitimidad del sindicalismo mexicano.
Pero si se les utiliza solamente para engrosar padrones, llenar asambleas o validar decisiones previamente tomadas, el sindicalismo estará desperdiciando una de sus mayores fortalezas.
El mensaje es claro: los jóvenes ya llegaron a los sindicatos. Ahora toca abrirles las puertas del poder.
México necesita organizaciones sindicales capaces de defender salarios, condiciones laborales y derechos colectivos, pero también capaces de entender el mercado laboral que están heredando las nuevas generaciones. El sindicalismo que no se renueve corre el riesgo de hablarle al trabajador del futuro con el lenguaje del pasado.
La verdadera transformación no estará en cuántos jóvenes aparecen registrados en un padrón, sino en cuántos pueden levantar la mano, disputar una dirigencia, participar en una negociación, cuestionar una decisión y finalmente tomarla.
Una organización sindical puede presumir millones de afiliados. Pero sólo puede llamarse verdaderamente democrática cuando sus trabajadores —jóvenes y mayores, hombres y mujeres— saben que su voto no es un trámite, sino una herramienta de poder.

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