Por Julio de Jesús Ramos García
Muy apreciables lectores, como sabemos durante tres décadas, México construyó una de las cadenas de suministro automotrices más importantes del mundo. La cercanía con Estados Unidos, el T-MEC, la mano de obra especializada y una amplia red de proveedores convirtieron al país en un eslabón estratégico para la fabricación de vehículos.
Hoy sin duda alguna, el tablero mundial está cambiando a una velocidad inédita.
La creciente rivalidad entre Estados Unidos y China ya no se limita a los aranceles o a la tecnología. Hoy se libra una batalla por controlar las cadenas de suministro, particularmente en sectores considerados estratégicos, como el automotriz, los semiconductores, las baterías y los componentes electrónicos.
Washington ha endurecido su postura para reducir la dependencia de proveedores chinos y fortalecer la producción nacional. Al mismo tiempo, las reglas de origen del T-MEC, los incentivos fiscales para fabricar en territorio estadounidense y las restricciones a ciertos insumos provenientes de China están provocando que numerosas empresas reconsideren dónde producir y abastecerse.
La gran pregunta es: ¿qué papel jugará México?
Existe un riesgo evidente. Si la “pinza” comercial entre Estados Unidos y China continúa cerrándose y las armadoras deciden trasladar una mayor parte de su proveeduría directamente a territorio estadounidense para acceder a incentivos gubernamentales y evitar incertidumbre comercial, México podría perder parte del terreno ganado durante décadas.
No hablamos únicamente del ensamblaje de vehículos. El verdadero impacto estaría en miles de pequeñas y medianas empresas mexicanas que fabrican arneses eléctricos, estampados metálicos, piezas plásticas, componentes electrónicos, sistemas de suspensión y autopartes que alimentan diariamente las líneas de producción en Norteamérica.
Cada proveedor que abandona México representa menos inversión, menos innovación, menos empleos especializados y una menor capacidad para atraer nuevos proyectos industriales.
Pero esta historia aún no está escrita.
La misma tensión entre las dos mayores economías del mundo también abre una oportunidad histórica para México. Muchas empresas internacionales buscan diversificar riesgos y acercar sus operaciones al mercado norteamericano sin depender totalmente de Asia. Ahí aparece el llamado nearshoring, donde México sigue teniendo ventajas competitivas difíciles de igualar.
El desafío consiste en evolucionar. Ya no basta con ofrecer mano de obra competitiva. México necesita producir componentes de mayor valor agregado, invertir en automatización, fortalecer la capacitación técnica, garantizar energía suficiente y confiable, mejorar la infraestructura logística y brindar certeza jurídica para atraer inversiones de largo plazo.
El país no puede conformarse con ser únicamente una plataforma de ensamblaje. Debe aspirar a convertirse en un centro de innovación industrial capaz de fabricar las autopartes del futuro: baterías, sistemas electrónicos, software automotriz y componentes para vehículos eléctricos y autónomos; la geopolítica está redefiniendo el mapa industrial del mundo. Quienes entiendan primero las nuevas reglas serán los que lideren la siguiente etapa del crecimiento económico.
México tiene experiencia, talento y ubicación privilegiada. Lo que está en juego no es solamente la permanencia de la industria automotriz, sino la posibilidad de consolidarse como el socio industrial más importante de Norteamérica durante las próximas décadas.
En economía, las oportunidades rara vez esperan. La pregunta no es si el mundo cambiará; eso ya está ocurriendo. La verdadera pregunta es si México será protagonista de ese cambio o simplemente observará cómo las inversiones toman otro rumbo.
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