Por Daniel Lee
México tiene un problema que no puede esconderse detrás de las cifras del IMSS: la economía no está generando suficientes empleos nuevos porque la inversión no está creciendo al ritmo que el país necesita.
El dato de junio parece positivo: 454 mil 38 puestos registrados más que un año antes. Pero el Centro de Estudios Económicos del Sector Privado (CEESP) advierte que una parte importante corresponde a trabajadores que ya tenían una actividad laboral y fueron incorporados al sistema, principalmente vinculados con plataformas digitales. Al descontar ese efecto, el crecimiento del empleo formal ronda apenas el 1% anual.
La diferencia es crucial. Formalizar no es lo mismo que crear empleo.
Un empleo nuevo nace cuando una empresa invierte, aumenta su producción, abre una planta, incorpora tecnología o amplía sus operaciones. Y ahí está el verdadero desafío de México: la inversión sigue débil mientras la economía avanza con demasiada lentitud.
El Banco de México prevé un crecimiento del PIB de alrededor de 1.1% para 2026. Con una expansión tan limitada, será difícil generar las oportunidades que demanda una población que cada año incorpora nuevos trabajadores al mercado laboral.
Esto tiene consecuencias concretas. Cuando no hay suficientes empleos formales, crece la presión sobre la informalidad, se debilita el ingreso de las familias y se limita el consumo. Un país que no crea empleos productivos tampoco está creando suficiente futuro.
México tiene, sin embargo, una oportunidad extraordinaria. El nearshoring y la integración con Estados Unidos y Canadá podrían atraer nuevas cadenas productivas y generar empleos de mayor valor. Pero esa oportunidad no se materializa por sí sola.
Para aprovecharla se necesitan inversión, energía, infraestructura, seguridad, agua, capacitación y, sobre todo, certidumbre.
Y aquí aparece el T-MEC.
La incertidumbre en torno a su futuro no es únicamente un problema comercial. Es un problema laboral. Cada decisión de una empresa sobre dónde instalar una planta, ampliar una operación o contratar trabajadores depende también de la certeza que tenga sobre el acceso al mercado norteamericano.
México no puede pedir inversión mientras transmite incertidumbre.
Tampoco puede plantear una falsa batalla entre trabajadores y empresas. Mejores salarios y mejores condiciones laborales son indispensables, pero necesitan empresas productivas capaces de sostenerlos. El objetivo no debe ser competir con mano de obra barata, sino con productividad, talento, tecnología y empleos mejor remunerados.
Por eso el Gobierno debe asumir que atraer inversión no significa hacerle un favor al sector privado. Significa crear las condiciones para que existan más empresas, más producción y más empleos formales.
Estado de derecho, seguridad, infraestructura, energía competitiva, reglas claras y certidumbre regulatoria no son asuntos secundarios. Son política de empleo.
El sector privado, por supuesto, también tiene una responsabilidad: invertir, innovar, capacitar y elevar la productividad. Pero nadie puede invertir con confianza si desconoce cuáles serán las reglas del juego.
México no necesita solamente más afiliaciones al IMSS. Necesita más inversión productiva, más empresas creciendo y más empleos nuevos.
Porque detrás de cada empleo que no se crea hay una persona que pierde una oportunidad y una familia que posterga un proyecto de vida.
El país tiene ubicación, mercado, talento y una posición privilegiada frente a Norteamérica. Lo que está faltando es convertir esas ventajas en decisiones de inversión.
El mensaje es sencillo y contundente: sin inversión no hay expansión productiva; sin expansión no hay suficiente empleo; y sin empleo formal no hay crecimiento que alcance a todos.
México no puede conformarse con crecer poco y celebrar mucho.
Necesita invertir más, producir más y generar empleos de calidad.
El verdadero indicador de una economía sana no es cuántos trabajadores aparecen en una estadística, sino cuántas nuevas oportunidades es capaz de crear.
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