Por Luis Sunderland Méndez

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7 de noviembre de 2026

El martes 3 de noviembre, los estadounidenses acudieron a las urnas y dieron una lección al gobierno de Donald Trump. No era una elección presidencial, sino intermedia, pero su resultado fue histórico: los demócratas recuperaron el control de la Cámara de Representantes y del Senado. Ganaron en Texas, Ohio, Iowa, Kansas y las Carolinas, además de conquistar gubernaturas que parecían fuera de su alcance. Fue un contundente voto de castigo contra un presidente en funciones.

¿Por qué? Porque la gente está harta de la frivolidad del presidente, de sus promesas incumplidas, de su comportamiento con las comunidades latinas y afroamericanas y de la falta de oportunidades para los jóvenes.

Trump llegó prometiendo defender al trabajador, bajar los precios y poner a América primero. Dos años después, ¿qué tienen los estadounidenses?

Un costo de vida cada vez más elevado, gasolina más cara, inflación que encarece los alimentos, aranceles que presionan la economía, recortes en salud, una guerra con Irán que nadie votó y una administración rodeada de cuestionamientos por corrupción. Todo ello acompañado del maltrato a los migrantes latinos, muchos de ellos trabajadores que contribuyeron a llevarlo nuevamente a la Casa Blanca en 2024.

Trump es el rey de la incertidumbre. Nadie sabe con certeza cuáles son sus planes, mientras crece el descontento. El costo de vida fue uno de los factores decisivos para los votantes; tres de cada cuatro manifestaron su molestia e insatisfacción con el rumbo del país. Siete de cada diez consideraron que ya era hora de que el Congreso le pusiera un freno al presidente.

Y eso hicieron. No con marchas ni con memes, sino con votos. Los jóvenes menores de 30 años, los hispanos y los blancos de clase trabajadora sin título universitario, muchos de ellos antiguos votantes de Trump, esta vez le dijeron: “Ya basta”.

Esa es la lección para México, porque aquí también tenemos promesas incumplidas. Nos dijeron que primero los pobres, pero terminaron por olvidarlos. Hospitales sin medicamentos, corrupción en Segalmex, las casas grises, los contratos de los amigos de los hijos y el huachicol son parte de una larga lista de asuntos que siguen sin una explicación satisfactoria. A ello se suma el crecimiento de la deuda pública y la falta de respuestas convincentes sobre el manejo de los recursos nacionales.

Prometieron seguridad y tenemos un país militarizado, con una violencia desatada. Prometieron democracia y desmantelaron al Poder Judicial, incluida la Suprema Corte; debilitaron organismos independientes y pusieron bajo presión a las instituciones electorales.

Hay algo que debemos reconocerle a Guadalupe Taddei: sus decisiones y la conducción del INE han contribuido a que la ciudadanía cuestione una institución que llegó a ser modelo en el mundo. La confianza pública no se pierde de un día para otro, pero tampoco se recupera con discursos. El INE enfrenta el reto de demostrar que conserva la capacidad y la autonomía necesarias para organizar elecciones confiables.

En 2027, México tendrá su momento para decir “ya basta”. No será una elección más: estará en juego la posibilidad de recuperar equilibrios democráticos o acostumbrarnos a un régimen de un solo partido, con un solo discurso y un poder cada vez más concentrado.

Si no salimos a votar, contribuiremos a que esa concentración continúe. Pero si cumplimos con nuestra responsabilidad ciudadana, podremos hacer lo mismo que los estadounidenses. La sociedad civil opositora tendrá que organizarse desde ahora para vigilar cada casilla, documentar los resultados y contar con mecanismos propios de verificación que permitan defender la voluntad ciudadana.

En Estados Unidos, la gente no esperó a que alguien la salvara. No se quedó en casa quejándose. Fue a las urnas y utilizó lo único que ningún presidente, partido o caudillo puede quitarle, si no se lo entrega: su voto.

Los estadounidenses nos acaban de demostrar que el voto de castigo existe y que ningún poder es invencible cuando la ciudadanía decide participar. En 2027, México tendrá la oportunidad de demostrarlo. La defensa de la democracia no puede comenzar el día de la elección: debe construirse desde ahora, con organización, vigilancia y participación ciudadana. Si los ciudadanos opositores no empezamos hoy a defender a México, mañana será mucho más difícil hacerlo.

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