Por Orlando Linares López
Desde el pasado 31 de agosto, con el arranque del ciclo escolar 2026-2027, regresar a las aulas no sólo representa reencontrarse con libros, maestros y compañeros. También significa volver a rutinas, expectativas, presiones y cambios que pueden marcar profundamente la vida emocional de miles de adolescentes y jóvenes.
En este contexto, la Secretaría de Educación Pública (SEP) presentó “El ABC de las emociones”, iniciativa basada en el abecedario y los principio con los que generaciones enteras aprendieron a leer y escribir, solo que ahora aplicado al ámbito de lo que siente y vive cada estudiante.
La estrategia está dirigida principalmente a estudiantes de tercero de secundaria y bachillerato que abarcan casi dos millones de adolescentes y cinco millones de jóvenes, respectivamente. A ellos se enfocarán las acciones y el acompañamiento de docentes, madres, padres y personas cuidadoras.
El programa contempla como ejes: una campaña nacional de sensibilización, actividades en las escuelas, asambleas informativas, pláticas interactivas y el fortalecimiento de la atención mediante otro programa enfocado a la Salud Mental: la Línea de la Vida; además de la distribuirán de 16 millones de guías en todo el país.
En cada plantel se generará un espacio -hora semanal de formación socioemocional- para identificar y expresar emociones, hablar del autocuidado, fortalecer relaciones familiares y escolares, construir redes de apoyo y abordar temas como el uso de redes sociales y celulares, y la ansiedad que estos pueden generar. Lo más importante: busca ayudar a que, dentro de cada aula se pueda hablar de emociones sin que sea algo extraño.
Las actividades buscan que las y los estudiantes reconozcan, comprendan y regulen sus emociones, asimismo, que desarrollen habilidades como empatía, resiliencia y toma responsable de decisiones.
De acuerdo con UNICEF, más del 70% de jóvenes de la Generación Z, en México, se sienten abrumados y más de la mitad ha necesitado ayuda psicológica. Por su parte la Encuesta Nacional de Consumo de Drogas, Alcohol y Tabaco (ENCODAT, 2025) que realiza el Instituto Nacional de Salud Pública, señala que alrededor de 10% (1.3 millones de adolescentes) de las personas de 12 a 17 años presentó malestar psicológico durante el último año.
Detrás de esas cifras hay rostros, historias y silencios. Está quien llega a clases preocupado por problemas familiares; quien enfrenta presión académica; quien se siente solo, aunque esté rodeado de amigos; quien no encuentra palabras para explicar lo que le sucede.
También está quien aprendió que expresar tristeza, miedo o ansiedad es una señal de debilidad.
Es ahí, donde está uno de los mayores desafíos: los adultos que hoy acompañan a adolescentes fueron educados bajo concepciones culturales muy diferentes sobre las emociones. Quienes hoy son padres, madres, abuelos, docentes y otros cuidadores, crecieron -en muchos casos- escuchando frases como “aguántate”, “no llores”, “eso se te pasa”. Y no necesariamente porque hubiera falta de amor, sino porque así se entendía entonces la fortaleza. El malestar psicológico cargaba un estigma casi vergonzante; pedir ayuda era, para muchos, un lujo o una rareza.
Hoy sabemos que callar no siempre significa estar bien y que la herencia cultural no desaparece de un día para otro. Se necesita paciencia para que esos adultos aprendan, al mismo tiempo que sus hijos, un vocabulario emocional que nunca les fue enseñado y así acompañar a sus hijos sin imponer sus propios silencios heredados.
Ninguna guía impresa, por sí sola, sanará una crisis de salud mental que atraviesa a la juventud mexicana. Lo trascendente es que -aunque sea una hora a la semana- se fomente un espacio para hablar de lo que se siente; así se siembra algo que muchas generaciones anteriores no tuvieron.
El impacto de la estrategia debe palparse en cada adolescente que se atreva a decir “no estoy bien” y encuentre a quien esté dispuesto a escuchar sin juzgar; que su familia aprenda a conversar antes de que el silencio se convierta en distancia y que su escuela sea un lugar donde se sienta seguro.
Educar no consiste solamente en preparar para aprobar exámenes y conseguir un empleo, también significa aprender a vivir, relacionarse, afrontar dificultades y pedir ayuda cuando sea necesario.
Este nuevo ciclo escolar puede ser algo más que el comienzo de otro año académico. Puede representar el inicio de una generación de jóvenes que no tenga que esconder lo que siente para demostrar que es fuerte.
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