Por Orlando Linares López
En México, hoy la mayoría de niños, niñas y adolescentes crecen con un teléfono celular como compañero desde que despiertan, mientras comen, interactúan, hacen tarea y hasta cuando duermen.
En muchos hogares mexicanos cuando los niños llegan de la escuela, antes de saludar y contar cómo les fue, ya tienen el celular en la mano. Para ellos, los dispositivos forman parte de la vida cotidiana.
Esto, según especialistas, es una forma de dependencia que está reconfigurando la manera en que crecen las nuevas generaciones.
Ante esa realidad, el Gobierno de México anunció un acuerdo nacional para restringir el uso de teléfonos celulares y otras pantallas en las escuelas primarias y secundarias del país.
La medida comenzará a aplicarse a partir del próximo 3 de noviembre; con ella, los estudiantes podrán llevar sus dispositivos a los planteles, pero deberán mantenerlos guardados durante la jornada escolar, incluidos los recreos, salvo situaciones de emergencia o circunstancias particulares.
De acuerdo a las autoridades educativas, el objetivo es evitar el uso excesivo de los celulares y proteger a niñas, niños y adolescentes de contenidos dañinos, dado que hoy los menores pasan cerca de siete horas diarias frente a una pantalla.
Para dimensionar la magnitud del fenómeno, según cifras de UNICEF México, 95.1% de los adolescentes de 12 a 17 años utiliza internet, y de ellos el 23% ha experimentado alguna forma de ciberacoso.
Asimismo, la Secretaría de Educación Pública (SEP) ha advertido sobre posibles efectos asociados al uso excesivo de dispositivos digitales, entre ellos: dificultad para mantener la atención, alteraciones del sueño, sedentarismo, problemas de autocontrol y afectaciones en el bienestar emocional, ansiedad, autoestima, depresión y conductas nocivas entre menores.
De acuerdo con una consulta realizada por la SEP, 40% de docentes indican que los celulares dificultan mantener la atención y el 38% observó que conflictos originados en redes sociales llegan posteriormente al aula.
Especialistas reconocen que, es indudable que la tecnología contribuye a educar, comunicar, crear y abrir ventanas hacia un mundo de conocimiento. El problema aparece cuando el uso deja de ser una herramienta y comienza a convertirse en una necesidad constante que sustituye el juego, la conversación, el descanso, la lectura, la imaginación y el encuentro cara a cara.
En ese entorno, la preocupación tampoco es exclusivamente mexicana. La UNESCO reportó en septiembre de 2026 que 114 países han prohibido el uso de teléfonos móviles en las escuelas. El organismo, sin embargo, advierte que prohibir los teléfonos no resuelve por sí solo los desafíos digitales y que las escuelas también deben enseñar a gestionar el tiempo de pantalla, evaluar información y desenvolverse responsablemente en los entornos digitales.
De manera que México se incorpora a una tendencia internacional que busca recuperar la atención y la convivencia dentro de las aulas. En esa inercia queda un cuestionamiento: ¿qué ocurre cuando los alumnos están fuera de la escuela?
Claramente no sería coherente que una niña o un niño aprendiera a guardar el celular durante seis u ocho horas si al regresar a casa encuentra adultos permanentemente conectados, comidas interrumpidas por notificaciones, conversaciones sustituidas por pantallas y noches acompañadas por dispositivos.
La escuela puede establecer límites. Puede enseñar ciudadanía digital. Puede recuperar espacios de convivencia, pero ningún reglamento escolar puede reemplazar la responsabilidad familiar de construir hábitos.
Así, el desafío también está en reeducar y sensibilizar para que padres, madres, abuelos y demás integrantes de los hogares, sean conscientes de cuánto tiempo pasan frente a una pantalla y qué ejemplo ofrecen.
La regulación escolar puede ser el primer paso. Pero el cambio profundo tendrá que ocurrir en casa.
Quizá el mayor riesgo no sea que los niños sepan demasiado sobre tecnología, sino que lleguen a saber, cada vez, menos sobre sí mismos, sobre los demás y sobre el mundo que existe cuando se apagan las pantallas de sus dispositivos.
El reto de esta generación es evitar que una herramienta creada para conectar al mundo termine desconectándolos de quienes tienen más cerca.
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