Por María Esther Beltrán Martínez Fotos:     Álvaro Cabrera / Teatro Cervantes.

MÁLAGA, España. — La expectación era máxima y el resultado superó con creces cualquier previsión. El Teatro Cervantes de Málaga registró un lleno absoluto de un público fiel, conocedor y entregado, que se dio cita para presenciar el directo de Santiago Auserón y su nuevo proyecto, La Academia Nocturna. Fue una velada marcada por la madurez artística, la complicidad humana y una indiscutible calidad sonora que volvió a demostrar por qué el cantante, compositor y filósofo sigue siendo una de las figuras más respetadas, influyentes y vigentes de la historia de la música en español.

Este concierto adquiere una relevancia aún mayor al enmarcarse dentro de “Terral”, organizado por el Teatro Cervantes que, año tras año, se consolida como una de las citas culturales más importantes y esperadas para dar inicio a la temporada de verano en la Costa del Sol. Con una programación caracterizada por la excelencia y el eclecticismo, el festival arranca este año por todo lo alto, sirviendo como antesala para el desfile de grandes artistas internacionales que se presentarán en las tablas del coliseo malagueño durante los próximos días.

El idilio entre el artista zaragozano y el público malagueño quedó sellado desde el primer segundo. Cabe señalar que, en un hecho poco común que demuestra el estatus mítico del intérprete, en cuanto Santiago Auserón pisó el escenario —antes de que sonara un solo acorde, antes de que los músicos tocaran una sola nota—.  Santiago tuvo un recibimiento desbordante de cariño, respeto y admiración que marcó el tono de lo que sería una noche inolvidable.

Esta calurosa bienvenida y las constantes muestras de afecto que se repitieron tras cada canción hicieron que el músico se sintiera en absoluta confianza. Sobre el escenario se le notaba extraordinariamente a gusto, relajado y feliz; una comodidad tan palpable que, según los conocedores de su trayectoria, fue la verdadera razón por la cual se mostró más generoso que nunca, extendiendo el repertorio y entregándose sin reservas a una audiencia que lo arropaba como a uno de los suyos.

El viaje de la noche comenzó para los asistentes desde el mismo instante en que cruzaron las puertas de la sala. Sobre el escenario, el nombre de la banda, La Academia Nocturna, recibía a los espectadores proyectado con una paleta de colores muy viva y sugerente. El juego visual, donde destacan con fuerza los tonos vivos entre rojos y azules, funcionó como una evocación perfecta; un preámbulo cromático de inspiración tropical que invitaba a sumergirse en la calidez caribeña y nocturna que estaba a punto de desatarse.

Una vez comenzado el espectáculo, la propuesta apostó por el contraste y la elegancia: la banda al completo compareció vestida rigurosamente de negro, cediendo el protagonismo absoluto a un cuidadoso y dinámico diseño de iluminación que mutaba constantemente para dictar el ritmo, la profundidad y el estado de ánimo de cada composición.

El verdadero termómetro de un artista de su talla se mide en cómo domina el directo cuando surgen los inevitables imprevistos de un concierto vivo. Durante la interpretación de uno de sus temas, un fallo técnico en un amplificador amenazó con romper la atmósfera mística que se había construido en el recinto. Con el carácter firme, las tablas y la seguridad que le caracterizan, Auserón detuvo momentáneamente la marcha para llamar la atención del equipo técnico.

Mientras los técnicos cambiaban el equipo a contrarreloj en plena escena, el músico tiró de ironía y veteranía para mantener al público conectado.  Auserón provocó la carcajada unánime del respetable al soltar con su habitual agudeza humorística: “Déjalo, déjalo, no vaya a explotar esto”. El incidente, lejos de enfriar la velada, metió aún más al público en el bolsillo del cantante, transformando un problema técnico en un momento de entrañable cercanía. Además de pedir que se apagará el móvil que lo interrumpió mientras hablaba. “¡Apaga el móvil! indicó y el público aplaudió.

El repertorio de la velada fue un viaje exquisito donde relucieron temas emblemáticos de su cancionero como Quemando caña, La última rosa y El forastero. El concierto estuvo impregnado de principio a fin por el inconfundible «sello Auserón», una identidad sonora madurada durante décadas donde se palpa con fuerza la esencia latinoamericana, el latido del Caribe y la cadencia del son cubano, fusionados de manera orgánica con la tradición lírica española. Los complejos y finos arreglos de jazz, las texturas del blues y las pinceladas de un rock elegante y maduro cautivaron por completo a la audiencia, distinguiendo la propuesta de cualquier otro espectáculo actual.

La noche guardaba, además, grandes sorpresas históricas. Es bien sabido en el entorno musical que a Auserón no le agrada volver la vista atrás ni revivir de forma literal sus temas antiguos, prefiriendo siempre mirar hacia el futuro creativo. Sin embargo, contagiado por la magia del festival El Terral y el calor de Málaga, en esta ocasión se dio el lujo de regalar tres canciones de la mítica banda con la que revolucionó el rock en español y se dio a conocer a nivel internacional: Radio Futura.

Para deleite y asombro de los asistentes, clásicos imperecederos como «En el puente azul» y la mítica «La negra flor» renacieron bajo una luz completamente nueva, con arreglos contemporáneos, latinos y sofisticados, totalmente alejados de las versiones de los discos originales de los años ochenta.

Por si fuera poco, el artista aprovechó el idílico marco del Cervantes para presentar algunos temas inéditos. En un acto de absoluta complicidad y maestría escénica, Auserón enseñó los estribillos de estas canciones nuevas sobre la marcha, logrando el milagro de que el público malagueño las cantara a coro con entusiasmo a pesar de no haberlas escuchado nunca antes, lo que desató ovaciones ensordecedoras.

El clímax y la despedida del concierto no se quedaron atrás. Para enfilar el tramo final y cerrar esa trilogía de nostalgia rescatada, Auserón recuperó otro de los grandes himnos de Radio Futura, «El canto del gallo», desatando la euforia colectiva en las gradas y dejando el listón en lo más alto antes de retirarse momentáneamente.

Al concluir, el Teatro Cervantes estalló en una ovación interminable, de esas largas y solemnes que se guardan para las noches históricas. Mientras el aplauso sostenido inundaba la sala, desde los palcos y las butacas la mayoría del público comenzó a gritarle con fervor adjetivos como «¡Poeta!» y «¡Leyenda!». Ante semejantes elogios, al músico se le dibujó una indisimulable sonrisa entre la timidez y la diversión; una mueca de risa y gratitud que reflejó la humildad de un creador que, por encima de los títulos, busca la comunicación pura a través del arte.

Este complejo entramado musical cobró vida gracias a una agrupación de músicos de altura que arropó al cantante con precisión milimétrica: Pere Foved en la batería, Isaac Coll al bajo, Vicenç Solsona en la guitarra, David Pastor a la trompeta y Gabriel Amargant alternándose magistralmente en el saxofón y el clarinete. Juntos supieron tejer atmósferas envolventes de gran riqueza sonora, convirtiendo Terral en un triunfo absoluto y un recuerdo imborrable para la crónica cultural de este verano.

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