+ Tenemos más parejas que nunca y nos tocamos menos que siempre
Por JORDI @polijordi Publicado en https://poljordi.substack.com/
Ayer sábado, en medio de una mesa llena de cervezas, una amiga soltó una frase que se me quedó clavada en la mente y pensé… Este tema va para un artículo en Substack (me estoy volviendo un poco friki de esto).
La cuestión es que dijo:
He tenido sexo con varias personas este último año, pero me siento jodidamente sola. Echo de menos follar con la misma persona, con la que me sienta de verdad conectada y ame. Echo de menos que el sexo signifique algo al día siguiente. Echo de menos que me amen de verdad.
Nadie en la mesa se rió. Al revés, hubo un silencio denso, de esos en los que más de uno mira su copa porque se siente un tanto identificado. Cabe decir que mi amiga es una persona muy directa y atrevida a la hora de hablar, y a veces uno no sabe ni qué decir.
Pero a partir de ahí, otro amigo le dió la razón comentando que le pasaba lo mismo, y después ya se puso a hablar de sus vivencias. Para entonces el tema se fue extendiendo y llegamos a varias conclusiones.
Nos han vendido que somos la generación más libre, la más deconstruida y la que más disfruta de su sexualidad. Nos dijeron que romper con el modelo rancio de nuestros padres nos haría felices. Pero la realidad es que somos analfabetos emocionales viviendo en una recesión sexual silenciosa.
La gran mentira del consumo de carne
La socióloga Marie Bergström explicaba hace poco que el problema de los jóvenes hoy no es la abstinencia. Estadísticamente, tenemos muchas más parejas sexuales a lo largo de nuestra vida que nuestros abuelos. Hemos democratizado el “follamistad”, el sexo casual y el picoteo de una noche.
Pero tenemos un problema, porque confundimos acumulación con intimidad.
Hay una diferencia abismal entre el número de cuerpos que tocas y la frecuencia con la que te dejas tocar de verdad.
Hoy el sexo se ha convertido en un bien de consumo más, algo que gestionas desde el sofá deslizando el dedo a la izquierda o a la derecha en una aplicación, igual que eliges si te apetece sushi o una hamburguesa. Hemos mercantilizado el deseo. El resultado es un sexo de baja intensidad, rápido y desechable, diseñado específicamente para no correr riesgos. Para no enamorarnos. Para que no nos rompan el corazón.

Dicen que estamos más conectados que nunca
¿Por qué preferimos un polvo efímero a una relación real?
Conectar con alguien de verdad requiere fricción, requiere tiempo, paciencia, conocer al otro y a uno mismo, estar abierto a la posibilidad de que te enamores y luego te abandonen de golpe, de que te hagan daño emocional.
Pero también requiere que inicialmente hables con esa persona, que rompas el hielo.
Requiere estar presente y cara a cara, no con el móvil pegado a la cara scrolleando.
¿Alguna vez te sentiste atraído/a por alguien y te atreviste a hablarle? ¿Quizá en la universidad, o de fiesta, o esperando el bus? ¿Alguien que conociste a través de un grupo de amigos?
Bueno, últimamente la gente parece conocerse más por apps de citas. Porque nos da “cringe” eso de hablar con alguien en la cola del bus.
La generación z y los millenials se están viendo cada vez más solos y personalmente lo achaco a la hiperconectividad que estamos teniendo con los dispositivos. Nos colaron que con ellos tendríamos más libertad (somos más dependientes al móvil que nunca), que estaríamos conectados con los nuestros (sí, a través de una pantalla), entre otras maravillas.
Nos han vendido la moto de una era de la comodidad, del bienestar y la hiperconectividad con los móviles. De tener a nuestros amigos y familiares en el bolsillo, de encontrar pareja sin salir de casa (mercantilizando el amor), de comprar comida online matando toda posibilidad de salir a la calle a interactuar con personas.
Con lo bien que nos iba con nuestros teléfonos fijos, donde cualquier excusa era buena para quedar. Esas tardes de ir al cine donde veíamos una película rodeados de más seres humanos.
Hay series como “friends” o la de “cómo conocí a vuestra madre” donde los personajes tienen un grupo real de amigos, se apoyan entre ellos, pasan tiempo juntos de calidad y se cuentan sus cosas sin sentirse unos pesados.
Ahora nos ponemos a ver una película sin salir de casa mientras scrolleamos por alguna red social, porque eso de concentrarnos a ver sólo la película ya como que no.
En esta era en la que estamos más “conectados” casualmente cada vez tenemos menos amistades y nos sentimos más solos. Cada vez tenemos más hambre…
Hambre de piel
Encontré un término para esto: skin hunger (el hambre de piel).
Es la necesidad biológica y neurológica del contacto físico continuo para regular nuestra ansiedad y nuestro sistema nervioso.
Un mensaje de WhatsApp a las diez de la mañana y una respuesta a las tres de la tarde no es que sea precisamente una conversación real, es más bien una conversación en diferido.
Un polvo de una noche con alguien cuyo apellido no recuerdas no calma el hambre de piel sino que la acentúa.
Estamos hiperconectados, pero desnutridos de afecto. Vemos series como Friends con una nostalgia casi patológica, envidiando a unos personajes que compartían piso, váter y tardes enteras en una cafetería barata hablando de nada.
Hoy, si alguien te hace una pregunta mínimamente personal nos da pánico parecer pesados, intensos o desesperados.
Preferimos extinguir nuestra propia humanidad antes que parecer vulnerables.
El precio de protegernos tanto
Nos hemos vuelto una generación hipersensible y egocéntrica. Queremos una conexión mágica, intensa y recíproca, pero exigimos que el otro corra todo el riesgo mientras nosotros nos quedamos detrás del escudo del móvil, esperando a ver qué pasa.
Se habla de recesión sexual y no porque no nos apetezca tener sexo. Estamos teniendo menos sexo porque construir la intimidad necesaria para acostarte con alguien de forma honesta requiere una valentía y una incomodidad que se está extinguiendo.
Si seguimos protegiendo tanto nuestro orgullo, si seguimos prefiriendo la comodidad del aislamiento al riesgo del encuentro, terminaremos exactamente donde estamos ahora… en habitaciones perfectamente climatizadas, con wifi de alta velocidad, pantallas de última generación y la cama completamente vacía.


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