Alejandro Evaristo

Es un túnel oscuro y largo con la apenas suficiente altura como para que una persona pueda avanzar sin necesidad de encorvarse. Es abovedado y frío por momentos, en especial cuando llueve porque el agua trasmina las paredes de hormigón y piedra y con ella avanza también la humedad y la temperatura mínima del exterior.

Pese a la oscuridad reinante, de alguna forma uno se las arregla para ver por dónde y hacia qué avanza, aun cuando no hay obstáculos fuertes a librar en el piso o alternativas a tomar en el trayecto. A pesar de ello cada paso es un reto y una aventura porque el apoyo corporal podría encontrar una superficie distinta, desconocida tal vez, y la duda siempre está ahí porque, guste o no, solo hay una opción: seguir andando.

El andante entonces se transforma en una enorme interrogación a propósito de sí mismo y, pese a la falta de estímulos externos, es capaz de imaginar mil y un escenarios posibles para cada movimiento sin importar razón alguna. La experiencia cuenta, claro está, pero de nada sirve ahí a la mitad de la nada.

Algunos habilidosos entienden el proceso y poco a poco empiezan a cambiar paradigmas y notas y sueños para enfocarse en los movimientos musculares, la calidad de la respiración, las razones para seguir, incluso en el fin.

Nadie ha vuelto, nadie sabe, no hay quién pueda revelarlo. Lo único cierto es el hecho en sí: hay un túnel y es menester atravesarlo para llegar al otro lado y hallar respuestas de una buena vez, no importa cuáles son las dudas, ni quién tomó la decisión y por qué…


Desde lo profundo de sus ojos negros interroga. Inmóvil, expectante, curiosa. Ha dejado de sonreír y aparta sus cabellos del rostro, gira su cuerpo y recarga su peso en el brazo izquierdo y este, a su vez, en una mesa de material indescriptible.

Entonces separa un poco los labios y deja escapar un suspiro porque este no es tiempo y esas no son formas, pero está dispuesta. Su cuerpo está cubierto con una hermosa túnica negra con bordados en oro y algunos asomos de su piel provocan el maravilloso contraste de esta tarde.

Un gesto indica espera y una ligera mueca en sus labios apremia.

Desde el otro lado de la habitación, alguien reacciona al silencio y avanza uno, dos pasos. Le enfrenta. Retoma el monólogo y las palabras sugieren encuentros y atardeceres al lado del lago y quizá un sentir entre todas las aguas de los otros mares.

Ella escucha atenta, pero hay demasiadas interrogantes merodeando. Él habla de la relatividad del tiempo, de la certeza a propósito de las almas; describe valles y bosques y montones de lunas por descubrir después de cada vez.

Intenta sonreír. Ella no reacciona y todo pasa: el ocaso, la noche, los búhos, los sueños…

El sonido de una campanilla les vuelve a este momento y a la llegada de Oris, un hermoso felino de abundante pelaje oscuro que trepa hasta la ventana para relamer sus patas. Ella se acerca para observarse en sus ojos y le deja hacer. Disfruta el roce en su cabeza y las llamas invisibles del tacto femenino. Ronronea y entrecierra los ojos animales y se yergue sobre su propia magnificencia para recordarles que la mañana está a punto y uno de ellos debe volver.

  • ¿Sin promesas?
  • Sin promesas…

Los médicos se han reunido con los familiares sin un diagnóstico definido. Podrían pasar días, meses incluso y así les informan, con toda franqueza y sin ocultar nada: no hay alternativas, excepto esperar… “es su decisión”.

Algunas lágrimas están al borde y tras la puerta abierta del jardín, algunas aves revolotean y se acercan a la ventana abierta de la habitación… una de ellas le vio sonreír…

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